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Información adicional
| Peso | 0,237 g |
|---|---|
| Formatos | Digital, Papel |
La voluntad enhechizada
Poesía celebratoria, muescas liberadas del corazón, tonadas secuenciadas en la videncia de la ciudad y de sus gentes, pero también mirada llena de amor hacia el interior de un espacio vivencialmente sentido, volcada en transparente palabra en la que se ejercita el diestro ceremonial del verso. Emisario de ultramar se proclama el poeta, pero al mismo tiempo entrañado ciudadano de una ciudad única, para el que esas piedras, encajes o relicarios de ámbar fortalecido, son camino hacia lo eterno, espacio maduro para soñar, recinto de secretos en los que la historia se armoniza con el cálido refugio o el lugar del cotidiano vivir. Calles en las que surgen asombros a flor de los sentidos, en los ojos llenos de preguntas, voces rotas y silencios, personajes redivivos que conviven en insólito despertar con otros, más cercanos, en el gozne figurado de lo posible y lo imposible. Porque se toca el borde del tiempo, en un vaivén de sueños prolíficos y al amparo de un amarillo plural, surge el extravío pero también la música acorde, la piedra que late al compás de un ritmo que acaba convirtiéndose en germen de sentidos. Son esquirlas del tiempo que nos convoca, que nos habla un idioma epifánico, que concilia al jaguar y a la golondrina, que desarma las sombras de los días en los acrobáticos torreones de unas calles sin fronteras. Pero no sólo la ciudad, la vida de la provincia despliega en sintonía un memorioso silencio y convoca para decir sus secretos. Acólito del paisaje, el poeta organiza y canta esos espacios y esas gentes. Nacen islas de pájaros, árboles centenarios como homenaje del tiempo, y por encima de todo, y en su seno, el amor, dicha que teje inagotables relámpagos, que se complace en aprisionar el nombre amado para sentir la vida. El poeta concluye su testimonio, el suyo era un canto de amor plural, una plegaria hacia una ciudad que está, entera, tatuada en su piel, y, cómplice con ella, organiza el final de la derrota. CARMEN RUIZ BARRIONUEVO Catedrática de Literatura Hispanoamericana Universidad de Salamanca
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Poesía celebratoria, muescas liberadas del corazón, tonadas secuenciadas en la videncia de la ciudad y de sus gentes, pero también mirada llena de amor hacia el interior de un espacio vivencialmente sentido, volcada en transparente palabra en la que se ejercita el diestro ceremonial del verso. Emisario de ultramar se proclama el poeta, pero al mismo tiempo entrañado ciudadano de una ciudad única, para el que esas piedras, encajes o relicarios de ámbar fortalecido, son camino hacia lo eterno, espacio maduro para soñar, recinto de secretos en los que la historia se armoniza con el cálido refugio o el lugar del cotidiano vivir. Calles en las que surgen asombros a flor de los sentidos, en los ojos llenos de preguntas, voces rotas y silencios, personajes redivivos que conviven en insólito despertar con otros, más cercanos, en el gozne figurado de lo posible y lo imposible. Porque se toca el borde del tiempo, en un vaivén de sueños prolíficos y al amparo de un amarillo plural, surge el extravío pero también la música acorde, la piedra que late al compás de un ritmo que acaba convirtiéndose en germen de sentidos. Son esquirlas del tiempo que nos convoca, que nos habla un idioma epifánico, que concilia al jaguar y a la golondrina, que desarma las sombras de los días en los acrobáticos torreones de unas calles sin fronteras. Pero no sólo la ciudad, la vida de la provincia despliega en sintonía un memorioso silencio y convoca para decir sus secretos. Acólito del paisaje, el poeta organiza y canta esos espacios y esas gentes. Nacen islas de pájaros, árboles centenarios como homenaje del tiempo, y por encima de todo, y en su seno, el amor, dicha que teje inagotables relámpagos, que se complace en aprisionar el nombre amado para sentir la vida. El poeta concluye su testimonio, el suyo era un canto de amor plural, una plegaria hacia una ciudad que está, entera, tatuada en su piel, y, cómplice con ella, organiza el final de la derrota. CARMEN RUIZ BARRIONUEVO Catedrática de Literatura Hispanoamericana Universidad de Salamanca
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