Información adicional
| Peso | N/D |
|---|---|
| Dimensiones | N/D |
| Páginas | 104 |
| Formatos | Digital, Papel |
La vaca
La poesía de Kim Ki-taek se inserta en una promoción de jóvenes creadores nacidos en la década del 50, cuya obra rebelde se alza como resistencia a las consecuencias de la rápida industrialización que sufre el país y a la consecuente vulgarización y deshumanización de la sociedad que genera. Sus descripciones de las ciudades y la existencia en este mundo neocapitalista están teñidas de un sentido de extrañamiento, ruptura y desesperanza que sugiere la amenazadora presencia de una crisis permanente. La mirada de Kim Ki-taek se expande hacia la corrupción del paisaje urbano, la degradación de la naturaleza, el desconsolado escenario de seres incapacitados para establecer una comunicación humana, atenazados por la soledad, la incomunicación, el autismo, el temor y la desconfianza. Así, nuestro autor, minucioso observador, disecciona como un microscopio los detalles insólitos, extraños y desagradables de lo cotidiano inmediato.
Como su contemporáneo, el filósofo Han Byung-chul (1959), denuncia las consecuencias de la sociedad posindustrial, la libertad opuesta al poder, la pérdida de la capacidad contemplativa del individuo entregado a la sociedad del rendimiento y la obligación, reñida con el libre ejercicio del ocio. No sorprende pues la alarma que le produce la degradante relación que esta civilización establece con la naturaleza, al igual que la agresiva indiferencia con que desconoce la presencia de los animales que viven, sufren y mueren en su entorno; en fin, a un incongruente universo que lo interroga y angustia, y al cual responde desafiante con desesperadas construcciones verbales que, a veces, en su incoherencia son el espejo de esa retorcida realidad. Todo ello expresado con un lenguaje en el que habitan la inusitada metáfora, la inquietante paradoja, el silencio de la elipsis, la rebeldía del oxímoron, la hipérbole luminosa, la distorsionada sintaxis, la ironía y el sarcasmo.
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La poesía de Kim Ki-taek se inserta en una promoción de jóvenes creadores nacidos en la década del 50, cuya obra rebelde se alza como resistencia a las consecuencias de la rápida industrialización que sufre el país y a la consecuente vulgarización y deshumanización de la sociedad que genera. Sus descripciones de las ciudades y la existencia en este mundo neocapitalista están teñidas de un sentido de extrañamiento, ruptura y desesperanza que sugiere la amenazadora presencia de una crisis permanente. La mirada de Kim Ki-taek se expande hacia la corrupción del paisaje urbano, la degradación de la naturaleza, el desconsolado escenario de seres incapacitados para establecer una comunicación humana, atenazados por la soledad, la incomunicación, el autismo, el temor y la desconfianza. Así, nuestro autor, minucioso observador, disecciona como un microscopio los detalles insólitos, extraños y desagradables de lo cotidiano inmediato.
Como su contemporáneo, el filósofo Han Byung-chul (1959), denuncia las consecuencias de la sociedad posindustrial, la libertad opuesta al poder, la pérdida de la capacidad contemplativa del individuo entregado a la sociedad del rendimiento y la obligación, reñida con el libre ejercicio del ocio. No sorprende pues la alarma que le produce la degradante relación que esta civilización establece con la naturaleza, al igual que la agresiva indiferencia con que desconoce la presencia de los animales que viven, sufren y mueren en su entorno; en fin, a un incongruente universo que lo interroga y angustia, y al cual responde desafiante con desesperadas construcciones verbales que, a veces, en su incoherencia son el espejo de esa retorcida realidad. Todo ello expresado con un lenguaje en el que habitan la inusitada metáfora, la inquietante paradoja, el silencio de la elipsis, la rebeldía del oxímoron, la hipérbole luminosa, la distorsionada sintaxis, la ironía y el sarcasmo.
La vaca
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