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| Peso | 0,099 g |
|---|---|
| Páginas | 74 |
| Formatos | Papel |
Las horas indultadas
Francisco José Castañón Blanco
Thot, Cronos, Saturno… Las grandes civilizaciones sintieron siempre la necesidad de levantar panteones al paso del tiempo. Tal es su fuerza inexorable. Velocidad, óxido, desaliento, sabiduría de curandero, evocación, flor de las edades… Muchos y profundos son los atributos recogidos en este poemario. Mucha la quintaesencia que en él destila el poeta, pues el tiempo es oro.
Existen relojes de cuco y de pulsera, de arena, sol y agua, para quien no está dispuesto a perder un minuto en apresuramientos. “Vísteme despacio que tengo prisa”, parece insinuársele dentro de este libro al lector… Hay en su almanaque fechas señaladas y sagradas, para combatir la rutina que hace tabla rasa del paso del tiempo. El segundero admite en el espacio temporal que abraza divisiones infinitas, hasta llegar al instante que da sentido a la espera y la esperanza… Se adivinan en estas páginas recuerdos del futuro. Y tiempo muerto perdido a la cancha de la vida. Y calendarios de la impaciencia, que sabe tocar puerto en la inquietud del existencialismo hecho consciencia vitalista.
El reloj simula con sus manecillas de espadachín, cuando llega la hora del té. Esgrimista que vigila a quien mata las horas sin más…Debería existir, o quizá ya existe, un banco para comerciar con el tiempo que a unos les sobra y a otros les falta. Seguro que Francisco Castañón compraría a cualquier precio días y semanas, para regalarnos con más poemas el cielo del paladar. Así son los alquimistas que buscan oro en el tiempo. (MAURILIO DE MIGUEL)
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Thot, Cronos, Saturno… Las grandes civilizaciones sintieron siempre la necesidad de levantar panteones al paso del tiempo. Tal es su fuerza inexorable. Velocidad, óxido, desaliento, sabiduría de curandero, evocación, flor de las edades… Muchos y profundos son los atributos recogidos en este poemario. Mucha la quintaesencia que en él destila el poeta, pues el tiempo es oro.
Existen relojes de cuco y de pulsera, de arena, sol y agua, para quien no está dispuesto a perder un minuto en apresuramientos. “Vísteme despacio que tengo prisa”, parece insinuársele dentro de este libro al lector… Hay en su almanaque fechas señaladas y sagradas, para combatir la rutina que hace tabla rasa del paso del tiempo. El segundero admite en el espacio temporal que abraza divisiones infinitas, hasta llegar al instante que da sentido a la espera y la esperanza… Se adivinan en estas páginas recuerdos del futuro. Y tiempo muerto perdido a la cancha de la vida. Y calendarios de la impaciencia, que sabe tocar puerto en la inquietud del existencialismo hecho consciencia vitalista.
El reloj simula con sus manecillas de espadachín, cuando llega la hora del té. Esgrimista que vigila a quien mata las horas sin más…Debería existir, o quizá ya existe, un banco para comerciar con el tiempo que a unos les sobra y a otros les falta. Seguro que Francisco Castañón compraría a cualquier precio días y semanas, para regalarnos con más poemas el cielo del paladar. Así son los alquimistas que buscan oro en el tiempo. (MAURILIO DE MIGUEL)
Las horas indultadas
| Peso | 0,099 g |
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