Reseña de “La belleza de la inutilidad”, de Elizabeth Mirabal

María Cristina Fernández reseña en diariodecuba.com  La belleza de la inutilidad, la última novela de la escritora y periodista Elizabeth Mirabal.

¿Para qué sirve un origami? ¿Para mostrar que somos hábiles en plegar un papel hasta darle una cierta configuración? Hoy en día el reino del papel nos va resultando tan exótico y pretérito como los antiguos papiros reales. Pareciera que las vidas sujetas a esta materia estuvieran también a un soplo de extinguirse. No así el arte del origami, que no deja de seducir a algunos con su belleza insustancial, inútil.

Conozco la pulsión de la escritora Elizabeth Mirabal por estas minucias que recrean animalitos y otras formas delicadas, y que claro, vienen de una cultura donde casi todo lo creado se asentaba en lo simbólico o lo mágico. Pero de este lado del mundo, si borramos el arte de la papiroflexia, nada cambiará sustancialmente. Mas si dijera que me he leído la última novela de esta escritora nacida en 1986 en La Habana, y que quedé como si nada, mentiría. La novela me ha plegado en partes, me ha sacudido de la conveniada impasibilidad con que asumimos ciertos temas universales y lo ha hecho de una manera muy particular.

La belleza de la inutilidad habla de las vidas entrecruzadas de cuatro personajes, descritos por Pío Serrano en la sobrecubierta del libro como “sujetos de una implacable feria del abandono”. Yo diría cinco, si pensamos en Lilith, la bailarina, antagonista sin quererlo de Ceuta. Aunque nos parece todo el tiempo que cualquier trama o subtrama se supedita a Ceuta, que la novela es más de ella que de cualquier otro. Su nombre define un sino: cautiverio, personaje cautivo, cautivante, y para colmo, esta novela es para mí lectura de cautiverio, lease cuarentena.

Está Él, el amor sin nombre (según Elizabeth es un homenaje a Pepe el Romano, personaje evocado pero nunca presente en La casa de Bernarda Alba, de Lorca), con quien compartiera Ceuta un amor fundado en complicidades y estrafalarios vicios: hurgaban en el pasado de cierta gente no común; rastreaban vidas y obras desperdigadas, extintas; valoraban las reliquias que tuvieran una cierta connotación, en fin, rayaban en la curiosidad indagativa en grado delirante, teniendo en cuenta el parco contexto que los rodeaba: “Acumular durante años los pequeños datos: que cuando Virginia Woolf conoció a la joven Marguerite Yourcenar, adivinó tras las hojas doradas de su vestido negro y los labios rojos, un pasado intelectual y proclive al amor; que Karen Blixen y su padre coincidieron en el padecimiento de la sífilis; que cuando Camille Claudel murió, su familia no dio valor alguno a sus esculturas; son el tipo de cosas que hacen su vida mejor y desgraciada a un tiempo, que no se ajustan a las casillas de ningún resumé o aplicación de trabajo.”

Ella, queriendo escribir una novela sobre Olga Andreu, la mecenas pobre que se suicidió tirándose de una ventana, o regodeándose en una relación insinuantemente afectiva entre el jovencito Martí y Micaela Nin, esposa del maestro Mendive. Él, pretendiendo hacer un libro que hablase de la relación entre escritores americanos con la Isla de Cuba. Ya tenía varios prospectos, desde Salinger hasta Carson McCullers y Tennessee Williams. De pronto eran seres separados por la partida de él, la permanencia de ella.

El drama de Ceuta queda resumido así: “La persona con la que quiere estar, la ha dejado por comida y aire acondicionado”. No pueden una amiga excéntrica, esa Gertrudis que alimenta a los zunzunes con agua azucarada y lee a Lewis Carroll en su lengua original, y un recién conocido de nombre Miguel Ángel, enjuto y con muletas, que se convierte en una suerte de ángel guardián minusválido, consolarla de su pérdida.

Su vida se ilumina en momentos en que recibe alguna señal de él: una postal de Pompeya, un libro exquisito. Son los momentos en que Ceuta deja de ser prisión para ser mujer liberada: “Afortunada de estar en Puentes Grandes, de poder acostarse en la tierra y mirar al cielo. De recibir un libro con mujeres que leen, de acariciarle el lomo a la cochinilla. De tener esperanzas de que él vuelva y que la perra sin nombre que nunca lo conoció, sin embargo, lo conduzca hasta la puerta. Como si él fuera Odiseo y la perra, una versión de Argos. Y ella, Penélope, claro”.

El recurrente mito de Penélope en esta novela evoluciona hacia una versión enloquecida. Recuerdo haber conocido en Cuba al menos dos mujeres que sucumbieron a la demencia, luego de la partida del hombre que las acompañaba. Eran un emigrante y un oficial de la guerra de Angola, en cada caso. Esto me hace recordar que ya Elizabeth Mirabal escribió antes una novela que títuló —inocencias aparte— La isla de las mujeres tristes, y que guarda relaciones tangenciales (incluyendo el cuestionamiento de la cubanía y el encaramiento del tema del exilio)  con la que ahora nos ocupa. En la primera, es Puentes Grandes el vecindario donde está ubicada la casona de la familia Borrero. En esta, es el mismo vecindario donde Ceuta vive parapetada del mundo: “Una cerca endeble, y dentro una ceiba rodeada de alelíes, una perra sin nombre y ella. Ató en cada paso cintas rojas, para espantar a los intrusos con la amenaza de una protección”.

La pérdida del amor y todas sus connotaciones, vuelven a Ceuta cada vez más de tierra, más desligada de lógicas y sensateces, preceptos que no llevan necesariamente a la felicidad, pues la intrusion del azar más el rigor de las adaptaciones, lo van alejando cada vez más a Él de la posibilidad de un reencuentro. Si ella es Penélope, en Él parece cumplirse otro destino:  “¿Tras qué ha partido él? ¿Una morada segura, unos muros, una descendencia? ¿No son estas las aspiraciones desde los tiempos de Eneas? ¿La tríada de un carro, una casa y una buena mujer no son una versión moderna, balsera y cubana de lo mismo?”

Por supuesto que al leer La belleza de la inutilidad me taladran una serie de preguntas sobre el escritor y la relación con su tiempo, y la relación entre destino personal y colectivo. Me vienen a la cabeza nombres de inadaptados como el alemán Holderlin, el francés Antonin Artaud, o el cubano Delfín Prats, por ejemplo. Cavilaciones sobre la intensidad de ciertas miradas y sensibilidades que no corresponden al común de los mortales. Los colgados del Tarot de Marsella, los atípicos. “A veces quisiera tener la mirada inocente del hermano de Faulkner, que no veía en el sur las cosas terribles que el escritor advertía, que no podía comprender dónde estaba esa realidad torcida de familias presas bajo el peso de su tradición.”

Elizabeth Mirabal, ganadora del Premio Iberoamericano Verbum de Novela en el año 2014, periodista, investigadora, compiladora, vive en Miami de una manera bastante desapercibida. Tal vez su credo no difiera mucho del que le adjudica al personaje de Ceuta: “Demostrar que se puede escribir desde una pequeña isla, sin buenos samaritanos, sin prebendas, sin pertenecer a las agendas, sin el alimento contaminado de los corrillos, sin becas, sin rescates de senadores. Ser a la vieja usanza, una sombra gris que toma dictado de un ente que solo flota sobre nuestra cabeza, que no se muda, y que nos hace vivir doble, en la realidad y en lo que pensamos sobre esa realidad, hasta que la cabeza languidece, cansada de tanta cavilación”.

Un lector menos provisto pudiera sentirse apabullado por las muchas referencias culturales, bibliográficas, literarias, que maneja la autora con la destreza de una cartomántica. Pero tendrá suficientes momentos para disfrutar con lo absurdo, lo hilarante, que permea algunos capítulos y refresca el aire de manicomio o de contenida fatalidad de otros tantos. La relación entre el ángel tullido y Ceuta tiene gradaciones insospechadas que desembocan en un final infelizmente feliz. Algo de su incongruencia física me recuerda la pareja de Miss Amelia Evans y Lymon, el primo jorobado, de La balada del café triste.

Cuando terminé de leer la novela “de Ceuta y sus aliados”, como me escribió la autora en su dedicatoria, me percato de que han quedado en el libro algunas páginas dobladas. A ellas acudí para hacer las citas pertinentes, pero si las arrancara ahora serían como principios de origamis por hacer. Recuerdo que fue Elizabeth quien me hablara por primera vez de la escritora sureña Flannery O’Connor, quien pasó sus últimos días en una finca llamada Andalucía, rodeada de pavos reales, esas aves tan bellas y tan poco útiles. No sería el único descubrimiento literario que le debo a Elizabeth.

A la O’Connor le debo el disfrute de unos cuentos mayúsculos y también la simplicidad rotunda de una frase que bien pudiera citar ahora a propósito de esta otra novela: “Escribo para descubrir lo que sé”.

MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ

 

La reseña original:

https://diariodecuba.com/de-leer/1588258858_18053.html

El libro:

 

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