Elizabeth Mirabal

151 páginas

Nunca antes había leído un tan minucioso ¿paladeo? de la desolación. Quizás sí, en Cernuda. Pasadas las primeras partes, no dejaba de martillearme en la memoria los versos de “Desolación de la Quimera”. En algún momento, ya en lo profundo del texto, decidí acudir al extenso poema y registrar en sus estrofas esa suerte de vía unitiva que abraza ambas escrituras. Claro, el relato, como serpiente constrictor, encierra los destinos entrecruzados de tres desasistidas conciencias: Ceuta (habitable al fin en su feliz locura), Él (“vino para ser un ermitaño” y Gertrudis (que sueña parecerse a la Stein pintada por Picasso); y la de un intruso, embellecido desde su deformidad y, quizás por ella, dotado del halo protector del Ángel. Sujetos de una implacable feria del abandono. El lento y corrosivo aliento de una devastación anunciada, a la que no se le oculta nada. Y cómo se pudieron “escapar” esas extraordinarias y luminosas páginas que incumben a Caridad de la Caridad y su espléndida reminiscencia del gran Gastón Baquero. La circunstancia parece instalarse entre la frustrante fatiga del exilio y el desmoronamiento del insilio. Poco importa, porque la dimensión de la tragedia adquiere dimensiones humanas, más allá, incluso, de esa cartografía interior e histórica por la que deambulan los protagonistas condenados al desencuentro.
Reseña de Pío E. Serrano