La estirpe de Babel: Una novela filológica

Alejandro González Acosta escribe para la revista Hispanoamericana de cultura “Otro Lunes” una detallada reseña sobre la obra de Ángel Esteban “La estirpe de Babel“.

La estirpe de Babel es una novela enigmática. Para empezar, por su misma definición genérica. Después de considerar algunas variables, creo aquello que se ajusta más a ella es asumirla como una novela filológica.

Su autor, prosista poderoso y fértil, es un enamorado ferviente de la literatura universal, y muy especialmente de la hispanoamericana, donde ha obsequiado numerosos frutos críticos que complementan su desempeño profesional como catedrático en la Universidad de Granada. Y nada de esto es casual, viendo su novela.

Pero también es una obra lúdica, que propone un juego con la historia y sus grandes personajes literarios a partir precisamente del pasaje bíblico de la Torre de Babel, el frustrado intento vanidoso de los hombres por equipararse con Dios ascendiendo a los cielos, condenado por éste con la confusión de las lenguas. Esto explica no sólo el título sino todo el desarrollo de la obra, que comienza en los tiempos más antiguos y llega hasta nuestra modernidad. Todo surge en Babel y origina esa estirpe, que forman los autores de cada una de las lenguas surgidas como resultado de aquel herético empeño humano.

Sin embargo, aunque en su origen es un justificado castigo divino, con la creación de las lenguas para confundir a los hombres, también de esa condena se derivan las diferentes literaturas que son –a pesar de la intención divina, o quizá no- la conquista y el obsequio de ellos pues, entre otros efectos, con estas se cantará a la gloria y la grandeza de Dios. De este modo, por una irónica parábola, el castigo se convirtió en recompensa.

Es muy difícil, si no imposible, considerar cómo podría ser la vida humana sin la expresión estética, pues según indican las más antiguas muestras del arte rupestre, acompaña el desarrollo de la civilización desde fecha muy temprana y como esto resulta exclusivo de su especie, debe asumirse como innata: nadie enseñó a los hombres para que pintaron las paredes de las grutas ancestrales, pues ese sentimiento ya lo llevaban dentro, quizá mezclado con un sentido mágico, como parte de su misma esencia humana, la cual los iría diferenciando cada vez más de otros seres animados. Es evidente que el hombre es el único ser vivo que crea arte como resultado de su voluntad creadora, y hasta es capaz de asociarse con otros para ello.

La historia de esta novela comienza con la sorpresa de su protagonista y relator, al descubrir que un buen día ya no entiende a sus semejantes: es un joven babilonio llamado Palim, quien procede de una familia de constructores y, por ser el sexto de su linaje, se llama Palim VI. Pero este nombre trae su trampa, pues al leerlo con los dos términos como una frase se convierte enpalimpsesto, es decir, ese escrito antiguo donde las capas de escrituras se van superponiendo en una amalgama compacta, con un resultado enigmático y apenas descifrable. Y en ese mismo nombre se fijará su destino: él, Palim VI, será su propio palimpsesto.

Y como es un ser condenado a la vida eterna para dar testimonio del castigo divino, su oficio inicial será el de un jugador con las letras y las palabras; es decir, maestro de un ejercicio de agudeza y arte de ingenio que precisamente de él recibe su nombre inaugural: palindromista. Es decir, los dromos –carreras o juegos- de Palim (que significa en griego de nuevootra vez), quien por su dominio sobre ellas será su “Dromador”, quien las dromine. Por ser Palim (otra vez) deberá repetirse múltiples veces en su vida eterna y permanecer siempre como un joven de aparentes 30 años.

Debe notarse que se trata de una obra literaria peculiar, porque su materia, su misma esencia, es la propia literatura. Es, por así decirlo, una novela sobre la literatura. Todo lo demás (personajes, épocas, escenarios, situaciones) es un pretexto adecuadamente articulado dentro de una sucesión de tres mil años, para exponer el propósito central: es un gran curso de literatura universal; pero tampoco es sólo eso.

Como tengo el privilegio de tener dos grandes amigos palindromistas, sé –porque lo he visto- que sus cerebros no funcionan como los del resto de los humanos, y lo hacen de una forma misteriosa y especial, muy enigmática, pues reciben las palabras oralmente, pero mentalmente las vuelven al revés y supongo que así “las ven”. Contemplan gráficamente el discurso de igual forma que Da Vinci escribía, como si tuvieran un espejo incrustado en su cerebro.

Esta obra es evidentemente un formidable ejercicio estilístico y lingüístico, pero también repleta de humor; el hecho de que en la confusión babélica surjan los idiomas y especialmente uno atroz y casi impronunciable, y se deslice que ese puede ser el vascuence, me resulta delicioso; aunque supongo que algunos se incomoden con esto.

Se manifiesta un dominio arqueológico del autor a través de su dilatada trama de casi 400 páginas muy bien amarradas. No puede negar que se trata de un erudito, íntimo conocedor de los rincones literarios, y emplea todos sus recursos y caudales con el propósito de concebir y compartir una obra que aspira a ser definitiva y completa en sí misma.

Para poder ser el protagonista de esta novela que, además de filológica es también histórica, el autor decidió que Palim fuera inmortal, por una magia no explicada, sino supuesta, como el jorobado Duque de Orsini en Bomarzo de Mújica Láinez (también en El escarabajo), y el Joseph Cartaphilus de Mis dos mil primeros años, de George Sylvester Viereck y Paul Eldridge. De todos los posibles modelos que reproducen en esencia el ancestral arquetipo de El Judío errante, que en este caso sería El Babilonio viajero, provienen de aquel Ahasverus o Asuero bíblico, recogido como fecha más antigua por el padre Benito Feijoo bajo el nombre de Mateo de París, pero que tiene una amplia descendencia literaria. Sin embargo, por el rasgo de mantener permanentemente su edad aparente de 30 años, parece que el modelo es el protagonista de Mis dos mil primeros años, Joseph Cartaphilus.

El narrador no sólo es el protagonista sino también el Testigo Eterno. En realidad, no ha sido “condenado” por ninguna falta, sin que resultó de cierta forma “bendecido” por la posibilidad de conocer la historia de primera mano desde sus orígenes, y aprovecha eso para su invencible empeño de enriquecimiento personal, pero no de bienes materiales, sino de los tesoros magníficos del espíritu, convertidos en literatura.

Es una novela maciza pero no densa, porque está muy bien trenzada, y la extensión de sus capítulos se encuentra atinadamente contenida dentro de la prudencia cortés hacia el lector. Es erudita pero no pedante, pues la información que contiene se descubre a través de ella, respaldando su acción, pero no se exhibe de manera molesta y chocante. Es reflexiva y especulativa, mas también humorística, escrita con una fina ironía subyacente.

La graciosa excepcionalidad concedida a Palim VI le permite conocer y hablar con Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare y otros grandes autores, y así hasta llegar a Jorge Luis Borges. Es un interlocutor de primer nivel, pues, aunque se desempeñe ocasionalmente como vendedor de alfombras, escenógrafo, decorador o simple vendedor, es esencialmente un literato, un hombre que nació entre palabras, los cuales son sus signos cabalísticos más definitivos, aquellos que marcan y fijan su existencia.

Si nos atenemos al postulado clásico expuesto por Stendhal que toda novela para serlo, debe ser un viaje, y que al narrador corresponde el oficio de pasear un espejo por ese camino, esta lo es del modo más extraordinario, pues se trata no sólo de un viaje a través del espacio (Babilonia, Grecia, Roma, Florencia, Sevilla…) sino también atravesando el tiempo, desde aquellos días del Antiguo Testamento hasta nuestra contemporaneidad. Es un viaje en el espacio y en el tiempo a la vez, y se agregamos la dimensión literaria, también es un viaje de la imaginación.

Todos los escritores con quienes Palim sostiene sus conversaciones son sorprendidos en los momentos claves de su creación: Virgilio cuando compone la Eneida; Dante, su Comedia; y en una conversación con Cervantes estando ambos en la cárcel, surge el argumento de El Quijote y las novelas insertas en su trama, como la de El curioso impertinente. De este modo, Palim influye en esa historia literaria y se acomoda entre los creadores: no sólo es un testigo, sino también un actor.

Es lamentable, pero posiblemente tiene cierta explicación, que esta obra no ha recibido la atención necesaria. Quizá su volumen (casi 400 páginas) en estos tiempos de 14 caracteres y lecturas veloces y breves, conspira para ser una lectura masiva, y menos si no tiene el respaldo de una campaña publicitaria como ya casi es obligado realizar. Y es que las novelas requieren de tiempo y reposo, dedicación y entrega, no sólo para escribirlas, sino también para leerlas. Quienes se aventuren y se apliquen en ella, recibirán el premio de su tesoro literario, que al igual que a su protagonista, los hará inmensamente más ricos.

Al ser un Testigo del Tiempo, Palim cuenta con un valor crítico excepcional: es un maestro que empezó su propio aprendizaje con el mismo origen de la Humanidad, y ha presenciado los grandes instantes literarios de ella, gracias a su don divino. De esta suerte, su narración es un curso literario universal sintético y puede valorar y concebir la historia como un todo, un continuum, y no en partes aisladas.

Algo que resulta evidente, y se comparte con el lector, es el gozo del escritor al realizar su novela. Eso se advierte claramente y se traduce en frecuentes guiños pícaros, complicidades intertextuales, juegos de palabras, y calemboures, que por otra parte resultan tan gratos a este atípico catedrático universitario español.

Enfrentados a su estructura y desarrollo, cabe preguntarse para definir mejor su alcance y destino como una obra de intención meta-literaria: ¿es una clásica novela didáctica? ¿es una utilitaria novela pedagógica? ¿es una sorprendente novela como instrumento de promoción de la lectura desde la lectura? Puede ser todo eso y algo más. Ella es una obra dentro de la literatura fantástica, pero también tiene visos de histórica. Es un melange, que se ciñe a varias propuestas de la posmodernidad, aunque la rebasa.

Palim Sexto como personaje indica una constante superposición de experiencias, una reescritura permanente de su insólita vida, una sucesión de capas de conocimiento que se van acumulando en cada vivencia y dejan su saldo: “Cada día soy más rico”. El pergamino que le obsequió su padre y donde escribe es un Libro de Cuentas, pero también un símbolo de lo que será su vida, y es una como aquella piel de zapa (u onagro) balzaciana, pero que lejos de encogerse, se expande más cada vez. Porque Palim no sólo es observador pasivo sino actor de la historia. Y no es casual que casi siempre se vincule con el teatro, desde su inicial encuentro con Homero.

Palim es el puente necesario y traducible entre el pasado y el presente, y eso le permite el ejercicio crítico de un conocimiento no sólo literario sino además vivencial: con cada etapa transcurrida, madura más como persona y como lector.

Este viajero sorprende a sus interlocutores en momentos claves de su vida y su creación, cuando deben tomar grandes decisiones, y todos los genios literarios que se nos presentan tiene en común, además de su talento, graves problemas prácticos, materiales y personales, como seres eminente y profundamente conflictuados. Considerarlos desde esta visión doméstica nos acerca a ellos, a otros hombres como nosotros.

Palim evoluciona desde palindromista a taquígrafo y mecanógrafo, adecuándose a las sucesivas etapas tecnológicas de su dilatada vida. Todas sus experiencias personales lo conmueven y engrandecen, por lo cual al final de cada capítulo-semblanza, apunta con su punzón en el pergamino obsequiado por el padre, como el cumplimiento de un destino, “hoy soy inmensamente más rico”. Y ahí se exalta cómo la literatura y el íntimo gozo del conocimiento, es el mejor y más perdurable tesoro de los hombres.

En cada uno de sus encuentros con grandes escritores de la historia, Palim aborda aspectos puntuales de la creación. En el que corresponde a James Joyce, según lo muestra, el asunto central es el amor por la palabra en sí misma, como una resurrección de aquel nominalismo medieval que fijaron Guillermo de Occam y otros. Y en ciertas ocasiones, como en ésta, el autor mismo no pudo menos que manifestarse subconscientemente, al referir la crisis religiosa del autor irlandés, Y así cada capítulo es una proyección –y qué decir del gravitante Sigmund Freud en toda la novela- pero cada sesión de revelaciones y búsquedas se desarrolla con la suavidad de un evento doméstico, dejando fluir las conciencias de los convocados.

En su conjunto y en cada una de sus partes, la novela es una formidable reconstrucción arqueológica y de investigación de personajes, épocas, escenarios y eventos. Cumple en tanto novela histórica con aquello que señalaron Saint Beuve en Francia y el José María Heredia en México, siguiendo el modelo del Cinq Mars de Alfred De Vigny, de una trama histórica con personajes históricos en circunstancias rigurosamente históricas, aunque sólo el protagonista como recurso de continuidad es la única figura ficticia dentro del conjunto. Y no sólo es histórica sino también, como herencia del siglo XVIII, una novela de ideas. Es un admirable y sorprendente ejemplo en esta época nuestra donde todo se da ya por supuesto, aprendido e incuestionable, de aquella categoría novelística que en 1819 nombró Johann Morgenstern como Bildungsroman, o novela de formación y aprendizaje. La Estirpe de Babel es el aprendizaje de su protagonista Palim a través de los grandes maestros que han ido modelando su personalidad, su sensibilidad, su conocimiento del mundo, y su trayectoria humana dilatada por treinta siglos. Y cuenta también con su acta de examen: es esa nota que apunta en el pergamino paterno, cuando evalúa a cada uno de sus maestros, confesándose espiritualmente cada vez más rico, en un proceso de depuración y elevación.

No es hasta el capítulo dedicado a Franz Kafka cuando el autor aprovecha para desglosar la razón del título. El judío Kafka es el más cercano culturalmente al babilonio Palim y logra abrirse con él en una relación de confidencias:

“…Lo más interesante de todo es que, gracias a ese pecado, las lenguas han dado una riqueza al universo y a la historia que habría sido imposible si todo el mundo hablara y escribiera sólo hebreo y arameo. La estirpe de Babel, es decir, la idea de que sin lenguas no habría habido literaturas, es quizá una de las grandes riquezas de la humanidad, más que el oro de Perú o el caucho de África. ¿Te imaginas a un Shakespeare en otro idioma que no sea el inglés? ¿O a un Cervantes ajeno al español? ¿O a un Dostoievski sin la cadencia abrupta del ruso? …” (pp. 278-79)

Leer esta novela es el equivalente individual e íntimo de recibir un ameno y sucinto curso de literatura universal. Es divertida, pero también didáctica: ilustra al lector, como aquellas ideales novelas del siglo XVIII que se movían por un interés pedagógico y moralizante, con un compromiso de mejoramiento social. En ese sentido, es también una novela antigua.

Creo que esta es la novela más indicada para esos “círculos de lectura” o esos “clubes de libros” que necesitan del intercambio de interpretaciones. Cada uno de sus capítulos –autores- cubren una sesión completa de debate en sí mismos. El carácter paisajístico de la novela confirma su condición de un grato viaje: la movilidad de escenarios que recorre el ubicuo protagonista, nos lleva a los lectores desde su lejana y natal Babilonia a través de Florencia, Madrid, Londres, París, Moscú y Nueva York, hasta llegar… a Granada.

Palim prosigue su recorrido, como babilonio vagando por los siglos, y después de William Faulkner el círculo se cierra (¿o se abre?) con Jorge Luis Borges. Es significativo que esta historia comienza con un ciego y termina con otro. Pero ambos son lo que podríamos llamados ciegos luminosos, poseedores de una mirada certera. Y esto sucede, obligadamente, en Granada, donde ya sabemos desde una antigua profecía poética que “todo puede ocurrir en Granada”. Allí, ya se ha dicho, cantará por vez postrera en el fin de los tiempos el último ruiseñor del universo, frente a los muros dorados de la Alhambra, mientras el postrer sol de la historia se hunde en el horizonte de la vega granadina.

La historia que comenzó en Babel, monumento inacabado de la soberbia humana, culmina en Granada y la Alhambra, pieza magistral de la voluntad creativa del hombre a su escala, para ejemplo y asombro de todos los siguientes. La trunca torre mesopotámica intentada por el altivo Nemrod, se culmina en la altiva alcazaba de la ciudad del desventurado Boabdil. Una abre y otra cierra la elipsis de la novela. La fábula que comenzó en la disoluta Babilonia con el inicio de los tiempos, debía cerrar, fatal y poéticamente, en la tierra de los Abencerrajes.

Se siente y conmueve el amor del autor por la tierra que escogió para levantar su hogar: aunque transmutado en Palim eterno, no deja de ser humano, y hasta se permite el guiño cómplice de aludir a una “casa blanca de la Puerta de Elvira donde vive un profesor”, y lugar donde quizá comenzó su labor escrituraria.

El broche diamantino de esta historia de aventuras milenarias, debía ser en Granada. Allí, en un patio de los palacios del Generalife, al pie de un ciprés opulento, nació la nueva poesía española, del encuentro memorable entre Andrea Navaghiero y Juan Boscán, cuando hablaron de las nuevas trovas “al itálico modo”. Y además, porque está hecha a la medida para Borges, el luminoso invidente.

Dos grandes deudas con México tiene la hermosa ciudad andaluza: las campanas del ayuntamiento repican cada hora los acordes de una melodía, por todas partes nos salta la frase omnipresente, desde la plaza de la catedral hasta el más humilde platillo: “Granada” de Agustín Lara, y aquellos versos de otro poeta enamorado, Francisco de Asís de Icaza, que paseaba por allí con su reciente esposa:

Dale limosna, mujer,
Que no hay en la vida nada
Como la pena de ser
Ciego en Granada.

Allí al pie de la enhiesta Torre de la Vela, donde un mexicano enamorado dejó su piropo para la ciudad de la belleza y otro le cinceló melodías inmortales, cierra su ciclo Palim Sexto, desde su lejana y derruida Torre de Babel, por la magia evocativa de otro soñador… en Granada.

El lector, como hacía en su pergamino paterno el siempre joven y tan anciano Palim VI, puede escribir en su memoria, al terminar de leer este libro: “Nadie es mejor que nadie. Hoy soy inmensamente más rico”.

 

La reseña original:

Una novela filológica

 

El libro:

La estirpe de Babel

 

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