El abra del Yumurí Obra basada en un manuscrito de Ana Galdós

Ignacio Tamés García reseña en “Letras de Chile” la obra de Frederick  de Armas “El abra del Yumurí”, novela basada en un manuscrito de Ana Galdós.

 

El autor de El abra del yumurí Obra basada en un manuscrito de Ana Galdós advierte al lector en el prólogo que: “[…] es imposible recomponer un jarrón roto, y aún menos cuando solo quedan algunas piezas. En estas páginas he tratado de vislumbrar uno de los posibles diseños de El abra del yumurí, transformando el luminoso valle en una historia algo tenebrosa”. (Pág. 11) Las posibles narraciones basadas en el manuscrito de alguna forma encontrado son ciertamente infinitas, mas, si siguiesen la estela marcada por esta novela, creo que siempre obedecerían a un juego literario verdaderamente poliédrico.

En el comienzo de la narración una escritora francesa, llamada Paule, amiga de la también escritora, pero cubana, Carolina Vívez, visita a un inquietante personaje, un pescador llamado Pedro con el rostro desfigurado por el ataque de un tiburón, el cual vive en una pobre choza de la ciudad de Matanzas. Pero Carolina Vívez, en ese mismo viaje en el que acompaña a su amiga francesa visita, por su parte, a otra persona, un coleccionista de arte, pintor y anticuario de esa ciudad llamado Ramón de Lamerens. Sólo al final de la narración llega el lector a descubrir cuál es la verdadera relación entre el pobre pescador con el rostro desfigurado y el coleccionista y pintor Lamerens. Sólo cuando se componen las piezas de la narración y entre ambos hombres tratan de asesinar a la escritora cubana es cuando se descubre en la novela que ambos son hermanos, mas sucede que uno es negro y pobre y con el rostro desfigurado por la mordedura de un tiburón y el otro es blanco y acomodado, propietario de una casa de antigüedades, pintor y coleccionista de arte. El lector sólo llega a conocer este notable cambio en la forma de percibir los hechos narrados cuando es la propia escritora cubana la que, al tratar de pedir ayuda ante la agresión que sufre por parte de ambos, descubre ella misma esa relación que existe entre tan diferentes hermanos:

– ¿Y tú querido marinero? ¿No puedes librarme? ¿No puedes hablar con este hombre? Tú eres pescador no eres asesino, por favor ayúdame.

–  ¡Ay señora Vívez no sabe usted lo mucho que quisiera hacerlo! Pero yo soy el que ha sido marcado por el buen tiburón –y diciendo esto le indicó las horribles cicatrices de su cara– él sabe que soy mal tiburón y que tengo que hacer lo que tenga que hacer. Nadie me deja hacer nada. He jurado a mi madre que haré todo lo que mi hermano me pida.

– ¿Tu hermano? ¿Tienes hermano? ¿Dónde está? Deja que le hable a ver si él entiende mis súplicas.

– Dudo que escuche señora. Mi hermano es este mal hombre que ve aquí. Este Lamerens es mi gemelo. Yo sé que no quiere creerme. Yo soy un negrito y él es rico y blanco.  […] Lamerens, mi hermano blanco se quedó en la gran casa y a mí me enviaron a una choza. No era su hijo ya, me dijo mamá. Sólo sería esclavo de su hijo blanco y debía acatar sus órdenes.

Pág. 267

Un jarrón roto quizás sea imposible reconstruir, aunque una vez que en este caso sí se ha hecho, quizás en la novela esta relación entre unos hermanos tan dispares, que sólo se descubre al final de la historia, nos dé alguna clave sobre la duplicidad de varias de las tramas e intrahistorias que atraviesan El abra del yumurí. Es una fuerza tenebrosa y maligna la que une a ambos hermanos y puede quizás interpretarse de forma aún más perversa. Son fuerzas del mal representadas por hombres en las que predomina el hombre blanco en relación al hermano negro frente a dos escritoras: una ilustrada y francesa, y otra cubana con probables raíces españolas y con alguna tendencia al quijotismo, lo cual quizás sea una de las más interesantes novedades de esta narración, identificar a una mujer con algunos de los rasgos más característicos de Don Quijote. Como dice la propia Carolina sobre su propia intra- existencia literaria:

– Pues ya me veo en un libro lleno de polvo que nadie recuerda. Y se me ocurre que estas novelas que leemos hoy día, con sus personajes ficticios ¿puede que tengan su propia vida, que no comprendamos que viven realmente en los textos? ¿Piensas que algunos de ellos también escriben sus propias obras, desconocidas de nosotros?

–      Me encantaría encontrar esa biblioteca escondida. Allí veríamos cómo don Quijote escribiría la novela de su vida.

Pág. 184

[…] O, en otro pasaje anterior vemos que se refiere sobre ella:

Tras tanta lectura, tras tanta imaginación, gimiendo y gritando Carolina, como nuevo Don Quijote, ve a su alrededor las sombras de un luminoso pasado y busca la magia, el artificio que la llevará a un armónico presente. […]

–  Paule me estoy volviendo loca, no sé lo que me pasa.      Pág. 153

La Ilustración y el Siglo de las Luces están representados en la trama por algunas de las ideas de la escritora francesa Paule en ese inicial viaje hasta Matanzas para ver ella al pobre y desgraciado pescador de raza negra y Carolina al acomodado pintor y coleccionista de arte de piel blanca. La escritora francesa ya indica en ese primer capítulo:

[…] Vengo del viejo continente donde ya hace siglos tuvimos nuestra era de la iluminación, nuestra revolución francesa y nuestra guillotina. Por eso estoy de acuerdo con Carpentier. El mundo sin supersticiones se vuelve cruel y vacío.                                                    Pág. 25

Esta relación fraterno-maligna entre los dos hermanos, al ser uno blanco y otro negro creo que podría fácilmente identificarse por nuevas fuerzas inquisitoriales como políticamente incorrecta. Pero eso creo que no debe perturbar demasiado al novelista o al comentarista actual, Cervantes creo que tampoco hubiese prestado demasiada atención a esa posible autocensura, puesto que era maestro en sortear graves inconvenientes literarios, aunque merece la pena resaltar la existencia de estas nuevas fuerzas contrarias a la creación y casi al propio género de la novela moderna en su sentido más cervantino. Pero es así que la autocensura es uno de los males más graves y más actuales del género narrativo por el temor a tratar temas que se puedan considerar políticamente incorrectos como podría ser el de este mestizaje racial de las fuerzas del mal.

La forma en la que actúa el ejercicio del mal en todo caso es bastante diferente en la elaborada y civilizada manera en la que el pintor y coleccionista arte lo concibe y en la ejecución de los impulsos inducidos por parte del pobre pescador desfigurado, que, en lo esencial, sigue y obedece fatalmente las instrucciones de su perverso hermano de piel blanca, el cual desea la muerte de la escritora de La Habana para poder así más fácilmente, o más bien de forma más sublime, convertirla en una de sus excelsas obras pictóricas, y hacerla pasar a ser así una pieza más de su colección de arte como el coleccionista de almas muertas que realmente es, ante lo que ella contesta lo siguiente, al darse cuenta de sus intenciones:

 

–  Yo no soy una obra. Soy una mujer de carne y hueso.

–  Pero la carne es perecedera. Mi pintura es para siempre.

–  Ah ya veo. Quieres más a la pintura que a mí. […]

– Toma, toma más. No te preocupes por nada. Eres inmortal. […]

– ¿Me matarán?

Lamerens la miró con infinita compasión, con infinita tristeza. Le explicó como si estuviera hablando con una niña que nada sabía:

–  Tú. Tú eres perfecta. No puedes morir. Estarás en mi galería de arte, como las otras. Pero eres la mujer ideal, eres mi gran obra de arte. Tu alma se quedará en mi galería. Allí te visitaré día tras día. A las otras las tengo casi olvidadas. Pero ellas también son inmortales. Seré el mejor pintor del mundo. El pintor que captura las almas. Los que vengan dirán: ¡Como se parece a esa Carolina Vívez que tanto se recuerda! y no sabrán que eres tú, tú viva en la pintura.                Pág. 265

Para llegar a este desenlace, no obstante, tan evocador del Dorian Grey de Oscar Wilde, se ha presentado en la novela una intrincada trama de leyendas de diverso origen, las cuales se entretejen con una infinita paciencia por parte del autor (o autores si valoramos también como tal a Ana Galdós), a quien se ha de felicitar sin duda alguna por la destreza con la que se cruzan las leyendas precolombinas de las tribus que desaparecieron con la llegada de los españoles a la isla, con las leyendas relacionadas con la reencarnación de los seres humanos en animales, y viceversa, singularmente en peces y tiburones y con la propia imaginación en la construcción de leyendas o narraciones más europeas como la del abanico de María Antonieta. La propia narración identifica esas intrahistorias con leyendas por lo que quizás podamos decir de ellas que tienen un fundamento simbólico en la realidad y que, por ello, no son una verdad histórica, pero creo que sí se puede decir de ellas que reflejan comportamientos peligrosos de los propios seres humanos, con frecuencia respecto de sí mismos o a respecto de sus semejantes en lo que se puede llamar la lucha por la vida o la subsistencia, sea en un entorno natural evocado o en un entorno ya civilizado, lo cual ocurrió con la llegada de los europeos a la isla, fuesen españoles o luego de otras naciones. El propio pescador desfigurado por el ataque de un tiburón así lo expresa en el comienzo de la narración a la escritora francesa que le visita en su miserable choza de Matanzas cuando le dice:

[…] Sólo le digo ahora que el buen tiburón fue hace mucho tiempo un ser humano. Hizo algo bueno y algo malo. Su castigo y su premio son: ser tiburón y ayudar a los hombres, mujeres y niños que no sean tiburones. Y yo señorita vengo de la estirpe de un traidor. De la estirpe del enemigo del buen tiburón.Y aunque no quiero serlo sigo siendo el Mal Tiburón.

–  Pero usted mata tiburones, se dedica a acecharlos, matarlos y traer sus restos a la factoría.

– Sí señorita. Allí está el misterio: soy tiburón aunque odie a los tiburones. Sepa usted que los tiburones cuando ven a otros de los suyos heridos, lo muerden, se lo comen. Les gusta la sangre y sobre todo la de los suyos.

–  Con ojos interrogantes, con las manos tensas Paule lo miró con avidez.

–  Pero no hay lógica aquí. Usted caza tiburones que no están heridos. Usted los caza con su anzuelo, con su arpón, con su hacha.

–  Todos los tiburones del mundo son seres heridos. Si no estuvieran heridos no fueran tiburones. Váyase señorita váyase.                                   Pág. 39

Algo de la lucha por la vida de la trilogía barojiana se deja ver de alguna manera en El abra del yumurí Obra basada en un manuscrito de Ana Galdós, lo cual, al fin y al cabo, no es tan extraño: Pío Baroja de alguna manera fue sucesor o meramente posterior, pero no particularmente enemigo ni frontalmente opuesto a don Benito Pérez Galdós, que también era regeneracionista, y de quien además era amigo, dentro de su conocido no muy buen carácter para las relaciones sociales. Hay ya bastante crítica de autores poco regenerados sobre si los integrantes de la generación del 98 española decían o no decían tal cosa u otra contra don Benito. Por lo que mejor olvido a tan grandes maestros y lo demuestro con las propias palabras del aún joven don Pío, hacia quien indudablemente sí reconocía como su maestro:

Mi querido maestro: He recibido las cartas para Estévanez y León y Castillo. Se lo agradezco a usted muchísimo. Ya que me brinda usted tan cariñosamente, si necesito alguna otra recomendación, le molestaré a usted de nuevo, desde París. No sé a punto fijo lo que haré allí. El ánimo que llevo es poco y no podré hacer grandes habilidades, pero intentaré. Ya me figuro yo que los españoles no.

 

San Sebastián 14 de septiembre de 1905

Carta de Pío Baroja a don Benito Pérez Galdós

En la web: www.cervantesvirtual.com/obra-visor/carta-de-pio-baroja-a-benito-perez-galdos-san-sebastian-14-de-septiembre-de-1905–0/html/

Pero esto posiblemente sea un elemento subterráneo o críptico de la novela, sólo una lectura más, y posiblemente no la más ortodoxa. Es decir, predomina en lo exterior de la narración la recreación de la vida de las mujeres de la sociedad habanera de los años cincuenta del siglo XX  lo cual enlaza con la escritura realista de Benito Pérez Galdós y de otros autores menos notables del XIX, y contribuye algo a crear unas semblanzas muy realistas, pero a su vez también algo evocadoramente legendarias en la recreación, de mujeres que vieron en poco tiempo como se veían abocadas a un exilio poco apetecible, lo cual es muy propio del siglo XIX español. Las protagonistas del cuerpo principal externo de la novela son efectivamente mujeres de la clase social más acomodada, que tienen algún gusto por la vida y por la cultura y con ello se da voz a las mujeres de una clase social acomodada pero con un gusto por la vida muy particular de los cubanos: la aristocrática condesa, Felicia, Carolina o su amiga francesa Paule, las jugadoras de canasta, o alguna criada pertenecen a una forma de vida bastante heredada de la española, aunque próxima a desaparecer con la llegada de los llamados barbudos de la Sierra que no tienen una voz determinada que los represente si exceptuamos la voz de la joven revolucionaria cubano vietnamita Odette. Es la lectura más ortodoxa y menos conflictiva de la novela, no afirmo lo contrario, y lo que probablemente quedará de ella para generaciones de cubanos y lectores de otras naciones que quieran saber de ello. Pero hay también otras lecturas quizás más incómodas de tratar o menos ortodoxas.

Cuando concluyó el siglo que don Benito prácticamente construyó con la monumental obra que nos dejó se produjo el llamado Desastre del 98 y con él se dio la ocupación de la isla por los estadounidenses; la administración española o peninsular desapareció, pero no tanto su muy particular sociedad. Y a todo ello no fue ajeno el temor o la prevención anglosajona a que en la próxima isla caribeña pudiese prosperar una república que no fuese regida por blancos. No voy a citar expresamente las ideas de Theodore Roosevelt o de los magnates de la prensa estadounidense del momento sobre la materia, pero no son difíciles de encontrar. Y no es algo agradable de tratar, pero es así que las tesis raciales supremacistas estuvieron presentes en la intervención estadounidense en la guerra y en la posterior ocupación de la isla caribeña. El colonialismo español fue desde sus orígenes muy diferente a lo que después fue la forma de anexionar territorios y poblaciones por parte de los anglosajones puesto que el mestizaje entre las diferentes razas se produjo en la isla desde casi el principio de la presencia española y por algo existen esas leyendas tan bien hiladas en la trama de la novela. Pero, claro está, eso no es algo que no ocasionase conflictos. Ese es posiblemente el secreto o la vida críptica más relevante de la novela que sólo al final se descubre, y es de rigurosa actualidad, tanto en los Estados Unidos como en otras partes del mundo que no voy a mencionar. Los comandantes van pasando, pero ciertas cosas de los seres humanos, con frecuencia no las mejores, permanecen, a lo cual no es precisamente ajena la novela de Frederick en la que ya se advierte mediante la voz de una de sus caracteres:

[…] Con nuevos amos llegarán nuevos comandantes.      Pág. 248

Algunas tesis regeneracionistas de la sociedad no van por ello ya referidas al declive final del imperio peninsular si no a otro nuevo desastre para las protagonistas, pero no dejan de reflejar, más o menos, una misma realidad de la sociedad de los años cincuenta en Cuba, y hasta pueden hacerse valer también en la propia actualidad con un sentido más global de la sociedad en general, lo cual puede que sea más grave:

– […] Es como si La Habana fuera Sodoma y Gomorra a punto de ser destruidas.

–  Mira Margarita no tiene nada de ese puritanismo que se lee en los evangelios. Lo que ella dice es que no hay suficientes personas que se hagan responsables que ataquen la corrupción, la miseria y el analfabetismo.

– […] No hay suficientes para impedir un nefasto futuro. La mayoría se contentan con divertirse.

Pág. 182

 

–  O bien en este otro pasaje se dice por parte de la idealista escritora Carolina algo que se puede emparejar con lo anterior:

–  Creo que deberíamos tener una junta de filósofos y letrados que rijan el país. Y se acabó.

–  ¡Ay Carolina¡ Que quijotesca estás. Ni ese gran filósofo de Platón podría gobernarnos. ¿Y una junta de filósofos y letrados? Mira, se pasarían el día peleándose por algo que nada tiene que ver con la realidad.                                                     Pág. 233

Es algo probable que la tan recordada Benina de don Benito, que pide limosna en la parroquia madrileña de San Sebastián en su Misericordia, se halle algo presente en la también mendiga Margarita que aparece en esta novela, la cual pide igualmente limosna, pero en la parroquia de Santa Rita de La Habana e inspira al cronista de la sociedad acomodada Roberto. Aunque sea algo que no se mencione expresamente en la novela lo cierto es que la parroquia de Santa Rita fue inaugurada en el reparto de Miramar de La Habana en 1947 y está dedicada a la patrona de las causas imposibles, por lo que a ella acuden quienes buscan solución a problemas que no tienen solución. Aunque la Margarita destinada a inspirar a Roberto tiene dotes proféticas y hasta cita algunos pasajes enigmáticos y esotéricos mientras que la Benina de don Benito, que pide limosna en la parroquia de San Sebastián (de la que salió el cura para asistir nada menos que a Miguel de Cervantes en sus últimos momentos el 26 de abril de 1616) es quizás más espiritual y su pobreza y dignidad no deja de causar siempre alguna conmoción en el lector, sobre todo si el lector es adolescente, como fue el caso de quienes leímos la novela en el bachillerato español de hace unas décadas. El cronista Roberto pregunta a su profética mendiga en la parroquia de Santa Rita en La Habana:

–  ¿Y cómo va usted hoy Margarita?

–  Con mis dolores de siempre, señor Roberto – a Carolina le sorprendió muchísimo que este joven de sociedad tuviera tratos con una mendiga–. Inmediatamente prestó total atención a la mujer y a la conversación entre ambos.

–  ¿Y la frente le duele mucho?

–  Pues como siempre señor Roberto. Aquí tengo esa espina divina. Me duele, pero también me embriaga de alegría. Y, no señor, no estoy tomando ron. La embriaguez me viene del santísimo.

[…]  No sé, no sé nada. Hay mundos dentro de mundos y dioses dentro de dioses. Hay milagros que parecen desastres y desastres que parecen milagros. Sólo sé lo que he dicho. Y como venimos diciendo ya llega la tormenta.

Pág. 148

El cronista o periodista Roberto, no obstante, es bastante diferente a don Benito o a Charles Dickens, que andaban y contaban de todas partes, puesto que su forma de proceder es conocer todo lo posible, pero sólo de las mujeres de las clases acomodadas con la finalidad de divertir, aunque es consciente de esa limitación, y quizás por ello intenta redimirse de esa culpa y pide ayuda a la pobre mendiga que pide limosna en Santa Rita. Y realiza así interesantes aportaciones sobre lo que pudiera ser su forma de concebir la literatura de ficción:

– Es que yo conozco mucho, mucho–   Soy curioso y me meto por todos los sitios y de eso escribiré. Margarita será mi musa.

– Con algo de resentimiento, murmuró Carolina:

– Yo también quisiera ser novelista. Pero sólo me salen esos tontos artículos satíricos en el periódico.

Mirándola con ahínco, le aseguró Robertico:

– Tú eres una gran escritora. Puedes escribir lo que quieras –y después de meditar unos instantes, añadió-– La realidad es que todos somos novelistas.

–¿Qué quieres decir con eso? Hay muchos analfabetos que no podrían escribir una palabra.

– Digo que todos somos novelistas porque todos tenemos una historia la historia de nuestra vida. Me imagino a veces todos esos libros, desde el comienzo de la humanidad que se hallan en una biblioteca celeste, donde Dios y sus ángeles se pasan los días leyendo, maravillándose de la creación. En esta biblioteca habría libros famosos, digamos las vidas de Alejandro Magno, de Santa Teresa, de Gandhi. Estos estarían en primera fila, serían los best sellers de los cielos. Otros bueno, otros cobrarían polvo. Pero en una esquina veríamos un ángel, llorando tras leer la dura vida de un campesino. En una gran mesa, otro angelito se asombraría ante la maldad de los crueles tiranos y los gangsteres. En el medio Dios con una sonrisa benévola, sólo tendría que mirar un libro para mirar toda esa vida. De vez en cuando, recordaría un personaje especial, o simplemente adecuado para el momento, alguien a quien él necesitaría en la creación de una nueva historia Y, con nuevo nombre, lo enviaría otra vez al mundo a escribir otra novela

Todos los personajes y las personajes de El abra del yumurí podrían por tanto según estas ideas volver otra vez al mundo a escribir una novela que podría ser una novela escrita por ellos mismos. El propio personaje denominado el Comandante podría llegar a hacerlo y quizás es más consciente de ello que otros personajes puesto que cuando él y sus policías consiguen rescatar a la escritora Carolina Vívez de los malignos hermanos mencionados le dice a ella lo siguiente:

– Usted tiene toda la razón. Yo no soy un hombre bueno. Soy un hombre violento. Ya la próxima generación podrá buscar esa armonía, esos placeres platónicos. Cuando la muerte venga por mí estaré preparado. Seguiré los dictados del libro tibetano de la muerte que me llevará por donde tenga que ir para purificarme.

Pág. 278

Lo cual también podría darse a través de sus propias lecturas, puesto que, en otro pasaje de la obra, se expresa cuales son algunos títulos de la biblioteca del Comandante de la Policía de La Habana de antes de la llegada de la Revolución:

[…] Para pasar el rato, Carolina se levantó y se puso a mirar los libros en un estante […]

El primero que sacó le dio cierta angustia. Era el Bardo Thodol o Libro del Arte de Morir de los Tibetanos Preferiría un arte de vivir. [,,,] Ya lo había leído con su padre hace tiempo. Trata de los cuarenta y nueve días que dura la muerte y lo que hay que hacer en ese tiempo sin tiempo. […] Si este cuarto representara su muerte, ¿qué haría durante cuarenta y nueve días? ¿habría reencarnación para ella? Se atolondraba al sospechar que había cometido un error, una gran falta en su vida, y que su karma le esperaba como fuerza destructora. Con un gran esfuerzo mental, desechó estos pensamientos y siguió su búsqueda. Junto a este libro encontró el I Ching, libro oracular de mutaciones o cambios. Bueno, un libro de muerte y otro de previsión. ¿Tendría algún significado todo ello?  […]

–  Son de su hermano El Comandante –refiriéndose la voz de otro personaje a que El Comandante es hermano de Felicia, otra las mujeres de la buena sociedad de La Habana–                                                                                           Pág. 76.

Lo cierto es que en estos procesos de purificación y en las ideas o creencias de reencarnación de seres humanos en animales, o viceversa, de animales en seres humanos, como ocurre en este caso con peces y temibles tiburones, algo tiene algo que ver, o al menos es algo que puede interpretarse igualmente, con la lucha por la vida de seres humanos entre ellos mismos y con rasgos de unos animales u otros, en lo cual los civilizados seres humanos sencillamente reflejan que en ocasiones tienen, y seguirán teniendo, comportamientos salvajes con sus semejantes. Es decir, aunque el pobre pescador Pedro con el rostro desfigurado por la mordedura de un tiburón, habla de tiburones que él mismo pesca o caza también salvajemente, podría decirle igualmente a la civilizada Paule que le visita al comienzo de la historia–y disculpen la paráfrasis, es sólo para explicar esa idea–  algo bastante parecido, pero en su viceversa:

–  Sí señorita. Allí está el misterio: soy hombre (o si se quiere tiburón, como efectivamente se dice en la novela) aunque odie a los hombres (o tiburones). Sepa usted que los hombres (o los tiburones) cuando ven a otros de los suyos heridos, lo muerden, se lo comen. Les gusta la sangre y sobre todo la de los suyos.

Es decir, se podría decir también esto siguiente que refiero a continuación siguiendo al propio pescador y posiblemente el pescador mal herido estaría de acuerdo con sus propias palabras: “Todos los hombres (o tiburones) del mundo son seres heridos. Si no estuvieran heridos no fueran hombres (o tiburones)” Si el pescador mal herido hubiera nacido en algún lugar del Sur de los Estados Unidos en lugar de en Cuba creo que quizás hubiera sido un gran intérprete de blues como lo fue, por ejemplo, el gran Blind Willie Johnson que no vivió en mucho mejores condiciones que las del pescador Pedro en su miserable chabola. Oigan en you tube, por ejemplo, su canción “The Soul of a Man”:” I’ve traveled in different countries, / I’ve traveled foreign lands / I’ve found nobody to tell me, / what is the soul of a man / what is the soul of a man…”

Al fin y al cabo, la escritora francesa Paule sólo quiere historias sensacionalistas para escribirlas o reescribirlas y venderlas luego en París, y por algo busca al pescador mal herido, para utilizarle como escritora a su manera civilizada, no es que esté haciendo obra social de ninguna clase. Y el Comandante también es alguien no muy diferente de los tiburones aunque esté cumpliendo otras funciones sociales, ya hemos señalado lo que él refiere de sí mismo.

Y esto es algo que de alguna manera enlaza con las novelas de Ernest Hemingway, de Pío Baroja o de Melville de alguna manera críptica o enrevesada, pero creo que bastante cierta. La línea crítica de reconocimientos e inusual buena relación entre escritores va por ello desde don Benito, hasta Baroja, pero luego llega también hasta Hemingway, si entendemos que Baroja consideró su maestro a don Benito; pero, a su vez, Hemingway consideró con alguna seguridad su maestro a Baroja y, aún más que eso, llegó hasta a visitarle en su propia casa poco después de recibir el Premio Nobel para ofrecérselo con una humildad y una discreción inusuales en su persona. Tal y como nos refiere el organizador de la entrevista, el también escritor, hoy bastante olvidado, José Luis Castillo Puche, que era amigo de ambos y organizó la reunión el 9 de octubre de 1956 (es decir poco antes de los hechos que se refieren en El abra del yumurí Obra basada en un manuscrito de Ana Galdós) La crónica de la reunión en la que Hemingway y Baroja se conocieron en la propia habitación de don Pío en Madrid, al lado de El Retiro,-puesto que el escritor vasco ya no podía salir de la cama, es esta que transcribo:

“[…] Las palabras de Ernesto fueron breves, entrecortadas, temblorosas de emoción y sinceridad. Más o menos lo que dijo fue lo siguiente:

– Don Pío, yo siempre hubiera querido venir antes a verle, porque tengo con usted una deuda de gratitud, porque yo no he olvidado lo mucho que le debo y le debemos todos los que hemos leído sus libros…

Don Pío escuchaba con respeto al grandullón, que parecía estar confesándose con marcada atención.

– No… Usted ha sido maestro y los jóvenes hemos aprendido mucho de su obra y también del ejemplo de su vida…

Don Pío nos observaba a todos, uno a uno, como si estuviera presenciando una representación teatral.

Yo estoy seguro de que usted ha merecido el Nobel antes que muchos, comenzando por mí, que en cierto modo soy un discípulo más, porque su testimonio ha sido grande y nos ha enseñado tanto con su obra y con su vida…

Las palabras de Ernesto tenían una lentitud y una monotonía admirables. Se veía que estaba emocionado”.  Pág. 324-325 de Hemingway. Entre la vida y la muerte de José Luis Castillo Puche. Edit Destino Madrid 1968

Podría considerarse quizás también una influencia de El viejo y el mar de Hemingway en el inquietante personaje Pedro de El abra del yumurí si entendemos que el verdadero hombre del mar que inspiró a Hemingway fue su íntimo amigo el pescador cubano, pero de origen canario, Gregorio Fuentes (1897 Lanzarote Canarias-2002 Cojímar La Habana Cuba) pero son muchas las diferencias que existen entre uno y otro. Por lo que creo más bien que la relación con la lucha por la vida en la novela, tan cara a Hemingway o a Baroja y también a Pérez Galdós, existe, pero creo que es materia que se mueve más bien en el terreno de la vida subterránea o críptica de la novela y obedece a otros motivos bastante diferentes que los propios de la lucha directa y hasta cierto punto noble del hombre con la naturaleza. Se puede mencionar sobre ello la opinión del propio Hemingway sobre su propio proceso creativo cuando le refiere lo siguiente a su amigo el escritor José Luis Castillo Puche:

-– ¿Qué quieres decir, Ernesto, con eso de que la creación literaria para ti se basa en el principio del iceberg?

-– Ya lo he explicado alguna vez: no debe darse más que la séptima parte de lo que está bajo el agua.

– Es decir, que lo importante lo dejas en el fondo…

– Sí, la parte externa y lúcida tiene que ser intensa y verdadera, pero no debe dar la sensación de acabada con esfuerzo ni con primor. La solidez y la firmeza de la obra debe estar por debajo. p 356 de Hemingway. Entre la vida y la muerte de José Luis Castillo Puche. Edit Destino Madrid 1968

Sucede en este caso que el pescador Pedro es de raza negra y de ahí procede en buena medida su pobre condición que le obliga a ganarse la vida en el mar, pero además sucede que ahí se halla también el motivo por el que esté tan fatalmente condenado a servir a su perverso hermano el civilizado y elegante anticuario y pintor Lamerens. Es decir, se trata de un hijo nacido de una relación inconfesable de su madre que le condenó además a obedecer a su perverso hermano pintor y coleccionista de arte que es de piel blanca y heredó la casa grande. Pedro es por ello un hijo ilegítimo y condenado a servir al hermano blanco. Lo cual son aspectos de la trama no tan evidentes según se va leyendo la novela, pero muy reales o verosímiles y supongo que posibles en la sociedad cubana. Se podría entender quizás alguna relación de este aspecto de la trama con la tenebrosa historia de Boris Vian en Escupiré sobre vuestras tumbas, aunque la nueva ficción de Frederick De Armas es muy original suya, y no se mueve en ninguno de los estados del Sur de los Estados Unidos si no en la Cuba de los años cincuenta.

A su modo todo ello es algo que forma parte del trasfondo de la obra, y quizás, aunque sea su creador, puede que no sea lo más agradable para el propio autor, pero si se quiere es necesario, es lo que puedo decir en descargo de estas ideas, o si no la novela sólo sería una colección de leyendas y buenas costumbres de mujeres acomodadas. Podría haberse hecho quizás algo más explícito en la trama, pero en eso ya, cada autor es cada autor, y tiene sus preferencias. Creo, no obstante, que se puede felicitar tanto a Frederick de Armas como a Ana Galdós (pariente ella a su vez de don Benito Pérez Galdós) por lo que creo que es un inusual trabajo en colaboración. Lo cual es posiblemente más necesario entre los hombres y las mujeres de hoy en día que nuevas señoras acomodadas o nuevos tiburones puesto que de estos últimos creo que ya hay suficientes y no son necesarios muchos más. Todo ello posiblemente sea más importante que la buena o la mala suerte de las o los personajes de tal o cual momento histórico. Todos y cada uno de ellos en el caso de esta novela han adquirido además una voz propia lo cual puede entenderse ya como algo diferente de la voz de sus propios autores. Por lo que, para concluir y dejar el final de este comentario crítico algo abierto, podríamos preguntarnos:

¿Conseguirá de alguna manera la idealista escritora Carolina Vívez escribir la verdadera historia de su vida como podría, por ejemplo, Don Quijote escribir la verdadera historia de la suya?

 

La reseña original:

http://www.letrasdechile.cl/Joomla/index.php/ensayos-1/3787-3787

 

El libro:

El abra del Yumurí

 

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