Reseña sobre La semilla de la ira. Máscaras de Vargas Vila.

VARGAS VILA, EMBLEMA LITERARIO

Autor liberal con una pluma anarquista

La novela está diseñada como un diario. La historia es narrada en 17 capítulos de impecable prosa.

Leer una novela como la de Consuelo Triviño Anzola, La Semilla de la Ira (Verbum), es adentrarnos en uno de los escritores más emblemáticos de América Latina: el colombiano José María Vargas Vila (1860-1933). Junto con Rubén Darío, José Martí y Rodó, fue uno de los intelectuales que hicieron época en el continente. Hoy día es poco conocido por las nuevas generaciones de lectores en el continente, aparte de que los colombianos, a diferencia de los nicaragüenses o lo cubanos, no han elevado al explosivo Vargas Vila como apóstol o escritor de la nación o de la nacionalidad, aunque muchas razones no les podrían faltar para hacerlo, pues Vargas Vila trató los temas que preocupaban y atormentaban a su mundo como ninguno otro: el peso de la iglesia con sus dogmas, la presencia cada día más fuerte de los intereses norteamericanos y la ausencia de libertades y democracia en el continente americano.

 La novela comienza un poco a lo Sábato cuando el personaje nos dice que a los 40 años se empieza a reflexionar sobre el presente y el pasado. A partir de aquí recorremos una prosa modernista, irreverente y crítica, una prosa que es el gran logro de Triviño Anzola porque recrea la escritura, el ritmo y la sintaxis, de este escritor que, en la novela afirma: ‘esta época me es ajena con su afán por las novedades’.

Esta prosa de la novela se extiende a lo largo de 17 capítulos y, sin embargo, me atrevería a afirmar que precisamente esta prosa era una novedad en su momento, una prosa que reclama la belleza y la libertad sintáctica, una prosa que se rebela contra los ‘cazadores de gazapos’. A ratos la novela da la impresión de ser repetitiva, pero no por Triviño Anzola, sino por la recurrencia de los temas de Vargas Vila, temas que fueron su obsesión como la relación con su madre, el pecado, sus enfermedades, y, sobre todo, sus críticas a la atavismos políticos y religiosos del continente: la dictaduras y los dogmas.

La novela, en efecto, es compuesta como un diario (que fue descubierto en Cuba). La misma se escribe a través de las diferentes estaciones del escritor, ya sea en Europa o en las Américas. Él cruza países y fronteras y no deja nunca de pensar y escribir sobre su tierra natal, Colombia, y lamenta la pérdida de Panamá que él describe como una ‘herida abierta’, imagen tan cristiana en su simbología. En fin, Consuelo Triviño Anzola nos ha entregado una novela que sostiene su virtud no por la intriga, sino por haberle dado vida a un personaje tan emblemático como polémico, creador y testigo de una época que a través de su provocadora prosa deslumbró y fascinó a sus lectores. Y nos sigue atrapando hoy.

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