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NoTienda

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  • Steven F. White 120 páginas

    "Fuego que engendra fuego. Pasión que engendra pasión. Pero pasión atenta y vigilante de quien conoce el número dorado de la vida; el lenguaje de luz de quien se entrega a un oficio de espera y de sorpresa, desde lo más oculto de nosotros al vuelo del hallazgo en el aire común".

    Francisco Castaño

     

    "En el lugar más profundo de nuestra aldea, y en la hora más oscura, cuando yerran por ahí demonios y ángeles, donde las ideas y la violencia combaten como iguales, y la tierra es un refugio seguro o la encarnación de la pesadilla, me alegro saber que hay un poeta atento, escuchando".

    Greg Simon

  • Fervor secreto

    10,00 
    José López Rueda

    El lema del autor de este libro podría ser "o clásico o nada", porque si su poesía es existencial sus columnas, cariátides serenas o angustiadas, asientan su basa en la Arópolis o en el Capitolio, donde Europa vio su mejor luz: en Grecia y en Roma. El mundo clásico, mítico y filosófico, campea a gusto en estos versos con familiaridad y, a las heridas abiertas de nuestro mundo, les ofrece el óleo consolador de los tiempos remotos. Pero ese amor por la cultura clásica no es un compartimento estático sino dinámico. Nada de la poesía le es ajeno a este poeta, que trasnparenta deliberadamente y con gozo sus agradecimientos y sus dedudas a otras escrituras donde aprendió a elaborar y transormas la suya propia.

    (Medardo Fraile).

  • VV.AA. 200 páginas

    España es un país excéntrico, tanto por su geografía como por su cultura. Es, por tanto, un magnífico mirador para contemplar desde él el panorama de Europa. Desde él, el observador puede seguir y comprender los movimientos espirituales de los diversos pueblos con mucha mayor claridad que si estuviera situado dentro de uno de éstos. Sin embargo, no podrá escapar al sentimiento de pertenecer a una especie distinta» (E. R. Curtius) «En los años treinta Curtius logró la posición de un crítico europeo de la civilización parangonable a Thomas Mann, T. S. Eliot, Ortega y Madariaga» (Leo Spitzer) « No le demos vueltas; ni usted ni yo seremos nunca viejos porque ambos tenemos una auténtica vocación intelectual, es decir, vivimos, más que de lo externo, de un inagotable lirismo, de un manantial íntimo que es la verdadera fuente de Juvencio. Ya pueden echarnos encima situaciones negativas: nuestro fuego interior sabrá siempre fundirlas en su crisol y devolverlas convertidas en puras posibilidades, en metales preciosos» (Ortega, Correspondencia con Curtius).

  • Virgilio López Lemus 227 páginas

    Eros y Thanatos es un libro pleno de emoción de lectura y revisión cuidadosa de la obra de Justo Jorge Padrón, uno de los más importantes poetas españoles contemporáneos. El autor ofrece un ensayo introductorio de cariz teórico sobre la poesía en sentido general y revisa los contextos de las líricas.

  • Ramiro Lagos 245 páginas

    "La presente obra, fruto de largos años de docencia universitaria y del cultivo permante de la investigación, recoge piezas diversas en el tiempo. En estas páginas se cumple el entendimiento que del ensayo tiene el autor como crítico y teórico de la literatura: ser "como surtidor de ideas fúlgidas", como "síntesis o alquimia cultural del buen prosista". Así, sobre las culturas indígenas (la imagen indígena en la cultura colombiana), sobre la hispanidad (sobre Lope, Francisco Ruiz de León, Félix Grande), sobre temas americanos y de las literaturas hispanoamericanas (Chile, México, Centroamérica, Rubén Daríao, Gabriela, Mistral...).

  • Enrique Pérez-Cisneros

    Para conmemorar la significativa efeméride (1898) Enrique Pérez-Cisneros enfoca su atención en diez personajes e incidentes relacionados con el conflicto finisecular entre los Estados Unidos y España. Por estas páginas desfilan, por ejemplo, Evangelina Cisneros y Clara Barton. Y pasan también el general cubano Calixto García, alzando su voz de protesta cuando el ejército de los EEUU le impide entrar con sus victoriosas tropas manbisas en Santiago de Cuba, así como el muy digno almirante español Pascual Cervera, obligado a conducir una batalla que de antemano sabía perdida, en las aguas cercanas a esa misma ciudad.

  • León Febres-Cordero

    La palabra, fuente inmemorial de locura, lucha porque no se apague su primer crepitar en estos textos, buscando consumir la letra que la maniata para reducirla a cenizas de lo dicho. Es así cada vez que intentamos poner lo que decimos por escrito, cuando eso que decimos remueve el malestar acumulado de los siglos, los milenios, como ocurre en las disímiles piezas que el lector tiene entre sus manos. Rotas las barreras temporales que las mantenían confinadas al momento en que vinieron a la luz, han adquirido un cuerpo nuevo que las sujeta para mostrarlas al ojo que ahora las interroga en la intimidad. Ellas también nos ven mientras las recorremos, haciéndonos partícipes de su deliberada intencionalidad. Quieren que vivamos lo que leemos como quien despierta en medio de una larga noche demorada entre inquietantes auroras. Cada despertar nos ofrece una mañana que ya es otra, como es otro el que despierta y no hay manera de volver a ser el que se era. Las facciones de un mismo rostro se van borrando y al acabar la página se reconocen acaso porque ya nos son extrañas. De allí que antes de reunirlas en este volumen haya meditado suprimirlas. Son dispares, cojean, vuelven sobre lo mismo repitiendo un fragmentado canto antiguo que me ha alcanzado. Ahora veo que son así, como soy yo el que acordó su devenir en la secuencia que ya tienen. Ambos seguiremos cautivos de una simultánea sensación, la de haber sido y ser.

    El Universal

  • Lilliam Moro 160 páginas

    El Jurado que premió esta novela consideró la excelencia de su escritura, donde se articula eficazmente el empleo de las diferentes voces narrativas en un conjunto coral. Mediante el uso del flash back, la novela relata la trágica experiencia de un grupo de balseros cubanos al tiempo que recupera los acontecimientos más significativos del periodo revolucionario cubano. Premio de Novela Corta “Villanueva del Pardillo” 2004

  •   José Abreu Felippe 220 páginas Premio de Poesía Gastón Baquero 2000 LAS PALABRAS EN EL BORDE DEL TIEMPO Por Reinaldo García Ramos

    Según todo parece indicar, hay dos maneras básicas de ubicar un poema en relación con el momento de su composición: tratar de circunscribirlo a su hora, a su momento exacto, con lo cual el decursar de las imágenes adquiere una vinculación necesaria con lo que el autor padecía o disfrutaba en el instante de la escritura; y, en el otro extremo, opacar o desatender esa vinculación, o disfrazarla, considerando el texto una entidad atemporal, de valor absoluto, desligada del aquí y del ahora, y tal vez más cercana a lo eterno.

    En la primera opción entrarían los autores que se sienten más ligados a su panorama tangible, más inmersos en el azar de los desastres y alegrías que han afectado directamente al individuo que escribe; en la segunda, los autores que buscan resguardarse en valores más abstractos y no quieren referirse explícitamente a sus vivencias inmediatas, sino extraer de ellas versos menos circunstanciales. Desde luego, hay formas híbridas que buscan ubicarse en puntos intermedios, pero que casi siempre terminan revelando su inclinación más o menos pronunciada hacia una de esas opciones.

    En lo que respecta a esas dos posibilidades, el poeta José Abreu Felippe, nacido en La Habana en 1947, ha adoptado una actitud particular para entregarnos su más reciente libro, con el cual obtuvo el Premio de Poesía Gastón Baquero del año 2000. El nuevo poemario, El tiempo afuera [1], contiene textos que están rigurosamente fechados y que fueron escritos a lo largo de 23 años (entre 1976 y 1999), pero que no aparecen en su orden cronológico, sino que saltan en el tiempo, como las notas de una polifonía más agresiva. De hecho, tres poemas, dos escritos en 1977 y uno en 1976, los más antiguos, son los últimos del libro, como para subrayar una inversión del orden cronológico usual.

    Y si bien el poeta eligió ciertos temas que se refieren a determinados hechos de su vida inmediata, éstos no imponen un carácter factual y llano a los poemas, sino que los proyectan en un sistema de reflexiones y conclusiones en que esos hechos buscan sumarse a un discurso más trascendental. Como si el autor creyera en su propia forma de atemporalidad, en la que estén presentes determinadas acciones que han moldeado su vida, pero sólo para tratar enseguida de captar la resonancia de esas acciones en un sistema de apreciaciones generales.

    Esa especie de dispersión cronológica también ha estado presente en la forma en que este autor ha presentado hasta ahora el resto de su obra poética [2]. Comenzó a publicar esa obra, desde luego, después de su salida de Cuba en 1983, pero su primer poemario publicado en el exilio fue Orestes de noche[3], que en realidad era el segundo libro de poemas que había escrito (aparece fechado en 1978). Siete años después, sale a la luz Cantos y elegías[4], escrito dos años antes de Orestes de noche. Aunque esto pudo haber sido simplemente el resultado de las dificultades habituales con que tropiezan los poetas cubanos exiliados para publicar sus obras, es posible que el autor haya captado de antemano las preguntas que los lectores y los críticos podrían hacerse al respecto. Para ese aparente desasosiego, el nuevo poemario propone una solución casi lúdica: recoge textos que fueron escritos durante todo ese largo lapso de 23 años, y los presenta en un particular desorden, como para anular la trascendencia de las fechas en lo que respecta a la continuidad de la labor poética. Si eso fuera así, la revelación de las fechas de composición de cada poema al final del texto respectivo supondría cierta actitud irónica, o un modo ambiguo de subrayar la relatividad de esas mismas fechas.

    Pues lo fundamental, y no está de más subrayarlo ahora, se revela en los poemas mismos, no en los ordenamientos que haya querido darles su autor. Por eso, habría que destacar que, sea cual sea el orden o la fecha de cada texto, es indudable que Abreu Felippe decidió poner en este último libro los poemas que él consideró más sólidos (31 en total) de los que escribió y guardó, inéditos, durante esos 23 años. Sobre esa base, es fácil apreciar que en este volumen el autor define en términos más exactos sus intereses temáticos y agudiza con acierto sus recursos expresivos. El nuevo libro tiene una sostenida nitidez estilística.

    Muchos de esos intereses temáticos se anunciaban ya en sus libros anteriores (la nostalgia de una juventud sensual en su país natal, el amor, incluido el amor filial, la caducidad de ciertas posesiones), pero adquieren en este volumen contornos más inequívocos y dramáticos. En muchos casos, esos temas reaparecen redefinidos por determinados hechos más recientes. Entre esos hechos, mencionemos la llegada del poeta a Estados Unidos desde España en 1987 y el enfrentamiento con las manías de consumo norteamericanas y con la vacuidad de ciertos modos de vida urbana derivados de esas manías, y sobre todo, la pérdida en condiciones trágicas de su madre, la desaparición del padre, la crisis de los balseros cubanos en 1994, el pavor ante la vejez, etc.

    A modo de ejemplo, sigámosle la pista a uno de esos temas, y tratemos así de ver si esta obra poética ha cobrado esplendor y continuidad a lo largo de estos años, o ha alterado sus rumbos, aspectos y dimensiones. Elijo tal vez el tema más ferviente y doloroso del libro: la orfandad, la percepción luctuosa de la existencia tras la pérdida de la madre en condiciones trágicas, y la presencia que ese hecho cobra entre los aspectos restantes de la vida y entre las imágenes del discurso personal del autor.

    Es curioso que en Cantos y elegías, libro que el autor había escrito en Cuba a los 29 años, hay un hermoso poema en que éste presiente la pérdida de su madre, pero pide que ese hecho se manifieste dulcemente, "así como tan tierno su pelo / bajo mi mano cede". Pero en medio de esa dulzura, un corrientazo nos alerta súbitamente sobre el "desconcierto que ya nos acompaña", pues el poeta sospecha también que la muerte de su madre ocurriría "inesperadamente, y se caiga como suelen los árboles".

    Más adelante, en su segundo libro (Orestes de noche), el poeta parece reiterar esa comprensión magnánima de la caducidad ("sólo la pérdida es eterna"), pero esta vez vislumbra el aspecto regenerador de esa condición, que se revela en una continuidad menos anecdótica. En uno de los poemas memorables de ese volumen (Museo Nacional), el autor recorre los fríos pasillos atiborrados de obras de arte, descubre súbitamente la presencia de una forma desconocida de muerte en esas "cosas", objetos presuntamente inmortalizados por la voluntad artística, y siente la nostalgia de la vida real, que ha quedado afuera, cuando nos dice:

    Y pienso que la muerte que hay en la vida sobrevive a la vida, que las cosas que creemos salvar no son más que muerte, mínimas muertes

    Esa especie de sensación rimbaudiana de verdadera vida afuera, en otra parte, cobra en el nuevo poemario dimensiones mucho más delineadas, pues la pérdida de la madre sale del marco especulativo-filosófico y entra de lleno en el reducto estridente y sangriento de los accidentes cotidianos:

    Ella acerca su cara y me da un beso, dice cuídate. Luego sale a la calle y la aplasta un carro.

    En su permanencia luctuosa en el mundo, el poeta siente que la verdadera existencia (la compañía de su madre o, en otro campo temático vinculado a éste, la compañía de su padre) está afuera, y que el cuerpo palpable del poeta y sus emociones han quedado encerrados, ateridos asfixiantemente en el tiempo de adentro, el tiempo de la pérdida y la abulia y la alienación, no el tiempo en que ocurre con indiferencia la vida de los demás:

    La noche no era como la muerte de su madre rota contra el asfalto. La noche estaba más allá de él, fuera de él, y tenía la música.

    Esta asimilación de hechos trágicos en términos poéticos y este acercamiento directo a la rudimentaria realidad circundante, en la que los objetos y los seres humanos parecen subrayar su ajenidad y desconocer el dolor del poeta (pues tienen "la música"), se observa también, como es de esperar, en relación con otros temas (por ejemplo, la desaparición del padre, o la familia reunida ante la avalancha de objetos impersonales durante las Navidades fuera de Cuba), pero se agudiza sobre todo en los poemas escritos en los años 90. Esos poemas constituyen la mayor parte del libro (hay sólo cinco escritos en los años 80 y tres sonetos compuestos en 1976 y 1977) y son los que revelan, a mi modo de ver, el carácter singular de este libro con respecto al resto de la obra del autor.

    En estos textos, el poeta ha abandonado ya definitivamente las declaraciones filosóficas generales que daban el tono más armónico y constante a las páginas de Orestes de noche (en las que el discurso estaba casi totalmente al servicio de una reflexión trascendente enmarcada entre imágenes de escueto lirismo, al estilo de Rilke[5]) y que también estaban presentes, aunque de manera más despojada y suave, en los Cantos y elegías. Ahora, el poeta quiere hablarnos en términos mucho más directos y meterse en la realidad fragmentada de su exilio sin abandonar su perplejidad ni su nostalgia; busca reflejar en sus versos una crueldad concreta y visible, y elaborar una especie de crónica ferviente de la inmediatez. De ahí que su expresión cobre, a mi modo de ver, una resonancia mucho más contemporánea.

    Ese ingrediente contemporáneo alcanza una intensidad deslumbrante en el grupo de poemas que escribió en 1994, a raíz de la llamada "crisis de los balseros", durante la cual miles de cubanos se lanzaron al estrecho de la Florida en rústicas embarcaciones improvisadas para llegar a las costas de los Estados Unidos. Gran parte de esos balseros pudieron llegar a tierras norteamericanas, otros permanecieron largo tiempo hacinados en la base naval de Guantánamo, y muchos –la cifra exacta tal vez nunca se llegue a conocer– perecieron en las aguas de ese estrecho cuando sus precarios medios de navegación sucumbieron ante la furia del mar.

    El poeta nos entrega en este libro varios poemas que aluden a las dimensiones trágicas de esos acontecimientos (entre ellos, Balsas y Oración). De ellos, el que deja una huella más indeleble en el lector y más pavor siembra en su espíritu es también, a mi modo de ver, el mejor poema de todo el volumen (Canto a la Virgen), en el que Abreu Felippe resume con precisión el desconcierto y la estupefacción de todo un pueblo:

    Voy a cerrar los ojos porque no quiero ver los rostros desgarrados de mis hermanos, la espuma que ya no sé si es lona o pez o soga o bidones sellados o gomas a punto de estallar y tiemblo el miedo de ellos. Porque en estos tiempos ya no hay botes, sino balsas y no son tres, sino miles los que te llaman. Tú sigues siendo la misma. Protégelos, madre.

    Hay que saludar, pues, con sereno entusiasmo, estos poemas del desamparo filial y la orfandad irremediable, estos cantos de la impaciencia del exilio y el fragor de la huida y el despojamiento, que uno de nuestros buenos poetas ha entregado con temeridad y pasión. Son palabras salvadas en el borde del tiempo; como si se fueran a escapar de ese tiempo sin dejar de prolongarse en nuestros días confusos; o como si fueran a caer y quedarse en su hora, pero cargadas de ecos que habían dejado de existir. Saludemos, por todas esas razones y otras, este nuevo libro de José Abreu Felippe.

    1 Editorial Verbum, Madrid, 2000, 56 págs. El jurado del Premio estuvo integrado por Felipe Lázaro, Pedro Shimose y Luis Antonio de Villena. 2 Abreu Felippe es también dramaturgo, narrador y crítico. Ha publicado tres volúmenes de teatro: Amar así (Miami, 1988), Teatro (Madrid, 1998) que reúne cinco piezas, y Tres piezas (Miami, 2010). Su novela Siempre la lluvia (Miami, 1994), que fue finalista del Premio Letras de Oro en 1993, forma parte de la pentalogía El olvido y la calma, integrada por Barrio Azul (Miami, 2008), Sabanalamar (Miami, 2002), Dile adiós a la Virgen (Barcelona, 2003) y El Instante (Miami, 2011). 3 Editorial Playor, Madrid, 1985, Colección "Nueva poesía", 64 págs. 4 Editorial Verbum, Madrid, 1992, 88 págs. 5. Esto no impedía, que conste, la presencia en el libro de poemas excelentes, como el ya citado, o como el titulado "El camino de Mitilene".
  • Enrique Jardiel Poncela 160 páginas

    Jardiel fue un hombre de teatro en el sentido más amplio que se le puede dar al término. No solamente escribió algunas de las mejores comedias cómicas que se han hecho en España —renovando el humor tradicional y actualizándolo—, sino que fue empresario teatral y se ocupó en todos los aspectos complementarios de la escena: dirección de actores, efectos especiales, escenografía, utilería, etc.

    En este cuidado volumen se integra toda su teoría teatral: sus opiniones sobre actores, directores y críticos; sus conceptos de cómo debía ser el teatro, junto con sus sugerencias para mejorarlo; su visión del panorama dramático de su tiempo, etc. Es una recopilación muy completa de sus escritos sobre el arte de Talía, en distintos géneros: en forma de ensayos breves, poemas, entrevistas y artículos, que son una amena y divertida lectura, como todas las suyas.

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  • Irene Andrés-Suárez 200 páginas

    El presente trabajo reúne una gavilla de trabajos sobre la teoría y la práctica del teatro dentro del teatro. Los dos primeros ensayos son de carácter introductorio; en el de Andrés-Suárez se abordan además las funciones que desempeña el teatro dentro del teatro y las relaciones que se establecen entre la obra secundaria y la principal. Los demás trabajos versan sobre obras de Cervantes, Lope, Tirso y Calderón.

  • Ricardo Lobato Morchón

    De la matriz del teatro del absurdo, entendido como un rebosamiento de las vanguardias históricas sobre suelo ideológico existencialista, surgen en los años cincuenta y sesenta algunas de las piezas canónicas del teatro cubano e hispanoamericano.