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| Peso | N/D |
|---|---|
| Dimensiones | N/D |
| Páginas | 374 |
| Formatos | Digital, Papel |
¿Pero existe el sexo, su eminencia? Una lectura distinta del amor y el deseo
La libertad sexual no es solo el legítimo deseo de la sexualidad, sino aún más la voluntad de la diferencia en el modo de ser y producirse de la realidad en su conjunto. En este sentido la negación de la homosexualidad es paradigmática, pues la condena del homosexual a la nada –pues es la muerte o la nada, no lo ocultemos: es esta ejemplaridad dirigida a todos los públicos– supone la negación de la diferencia por la diferencia, y solo por la construcción y el mantenimiento de una identidad buena y otra mala, una positiva y otra negativa, una correcta y otra desviada, en torno a una sexualidad que en realidad es neutra y nunca debió constituir el eje ni el motivo central de una representación que no puede cumplir lo que promete en ningún caso: en efecto, este largo y no tan antiguo invento de un sexo omnipresente y omnicomprensivo nacido a las faldas de nuestros religiosos y adoptado y crecido a los pies de nuestros falsos científicos de la mente en lugar del alma a la que quizá reemplaza y a la vez prorroga no puede mostrarnos quién es quién en la vida. Porque es una identificación válida únicamente para el poder o, más concretamente, para el poder que niega la diferencia y condena a elegir entre la muerte o la nada. O la vida sin libertad y bajo la esclavitud y la impostura. Pero ya es el momento de no tener que elegir entre el sexo o el amor divino, ideal, verdadero, que pretende representar a todos los amores frente a los que supondrían su mera copia y su burda falsificación: ya es el momento de no tener que elegir otra vez entre el sexo o la nada, porque nada es realmente la sublimación del amor o su mantenimiento en el reino de la ilusión como la realidad en lugar de la realidad que es su terreno y que aboca irremediablemente al desengaño. El momento de afirmarnos y distinguirnos de otra manera, también en nuestra heterosexualidad o en una heterosexualidad que por fin ha de ser nuestra o, simplemente, más elegida que impuesta. El momento del mundo. Realmente nuestra hora.
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La libertad sexual no es solo el legítimo deseo de la sexualidad, sino aún más la voluntad de la diferencia en el modo de ser y producirse de la realidad en su conjunto. En este sentido la negación de la homosexualidad es paradigmática, pues la condena del homosexual a la nada –pues es la muerte o la nada, no lo ocultemos: es esta ejemplaridad dirigida a todos los públicos– supone la negación de la diferencia por la diferencia, y solo por la construcción y el mantenimiento de una identidad buena y otra mala, una positiva y otra negativa, una correcta y otra desviada, en torno a una sexualidad que en realidad es neutra y nunca debió constituir el eje ni el motivo central de una representación que no puede cumplir lo que promete en ningún caso: en efecto, este largo y no tan antiguo invento de un sexo omnipresente y omnicomprensivo nacido a las faldas de nuestros religiosos y adoptado y crecido a los pies de nuestros falsos científicos de la mente en lugar del alma a la que quizá reemplaza y a la vez prorroga no puede mostrarnos quién es quién en la vida. Porque es una identificación válida únicamente para el poder o, más concretamente, para el poder que niega la diferencia y condena a elegir entre la muerte o la nada. O la vida sin libertad y bajo la esclavitud y la impostura. Pero ya es el momento de no tener que elegir entre el sexo o el amor divino, ideal, verdadero, que pretende representar a todos los amores frente a los que supondrían su mera copia y su burda falsificación: ya es el momento de no tener que elegir otra vez entre el sexo o la nada, porque nada es realmente la sublimación del amor o su mantenimiento en el reino de la ilusión como la realidad en lugar de la realidad que es su terreno y que aboca irremediablemente al desengaño. El momento de afirmarnos y distinguirnos de otra manera, también en nuestra heterosexualidad o en una heterosexualidad que por fin ha de ser nuestra o, simplemente, más elegida que impuesta. El momento del mundo. Realmente nuestra hora.
¿Pero existe el sexo, su eminencia? Una lectura distinta del amor y el deseo
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