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| Peso | N/D |
|---|---|
| Dimensiones | N/D |
| Formatos | Digital, Papel |
El juego de las musas
332 páginas
“Ser miserable, que engendras hastío donde podría haber belleza…; has tenido la posibilidad de enmendarte, pero nunca lo harás, pues estás condenado a una vida chirriante y monótona. Y llevarás a otros a seguir tus pasos, salvo que yo lo impida. Recibe ahora la muerte y ven a mí. ¡Resurrectio!”, le dedicó su extraña cita absolutoria. Poco antes, el hacedor se encontró con sus viejos amigos; acostumbrados al relato amable de su compañero, al que consideraban más visionario que sincero, pues conocían bien sus dotes para adornar los hechos con el juego de las musas… Resurrección, así lo llamaron en el orfanato cuando lo encontraron más muerto que vivo, fue abandonado por sus progenitores al nacer; pero después de que ambos intentaran desmembrarlo —sólo el diablo sabe si para comérselo o para qué—, y antes de tirarlo a la basura. El llanto de la criatura atrajo a los viandantes, lo mismo que ahuyentó a los padres biológicos de aquel callejón de las almas en pena. Pero el intento de desmembrar al pequeño le produjo un puñado de lesiones con las que lidiaría el resto de sus días.
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332 páginas
“Ser miserable, que engendras hastío donde podría haber belleza…; has tenido la posibilidad de enmendarte, pero nunca lo harás, pues estás condenado a una vida chirriante y monótona. Y llevarás a otros a seguir tus pasos, salvo que yo lo impida. Recibe ahora la muerte y ven a mí. ¡Resurrectio!”, le dedicó su extraña cita absolutoria. Poco antes, el hacedor se encontró con sus viejos amigos; acostumbrados al relato amable de su compañero, al que consideraban más visionario que sincero, pues conocían bien sus dotes para adornar los hechos con el juego de las musas… Resurrección, así lo llamaron en el orfanato cuando lo encontraron más muerto que vivo, fue abandonado por sus progenitores al nacer; pero después de que ambos intentaran desmembrarlo —sólo el diablo sabe si para comérselo o para qué—, y antes de tirarlo a la basura. El llanto de la criatura atrajo a los viandantes, lo mismo que ahuyentó a los padres biológicos de aquel callejón de las almas en pena. Pero el intento de desmembrar al pequeño le produjo un puñado de lesiones con las que lidiaría el resto de sus días.
El juego de las musas
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