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  • VV.AA.

    El trabajo del profesor Bernecker presenta y discute de forma crítica las distintas posiciones surgidas con motivo del V Centenario, especialmente la postura de las organizaciones indigenistas, del Gobierno español y de intelectuales europeos y latinoamericanos.

  • El puente de Waterloo

    Desde: 5,00  IVA inc.
    Fernando Nombela

    Fernando Nombela es el señor poeta oriundo de Toledo que hoy se asoma por vez primera a la balconada de Verbum y da un grito de ¡aquí estoy! No es hombre de gritar. Es más, el silencio ocupa un lugar en su inspiración marcándole en su orgullo una forma de relieve. No grita, pero deja que sus poemas le abran paso a su experiencia y dejen semilla en el fervor. Fernando ha estudiado su carrera de letras, cultiva inteligentemente la amistad y conoce un arte hoy quizá bastante desconocido: sabe asombrarse admirablemente. Lo ha leído todo; y si en una biblioteca pasa por delante de un libro bueno, de inmediato lo señala y da testimonio de las luces que trae consigo su lectura. Innecesario añadir que es lector exigente y que su poesía va cayendo sobre nosotros como una de las mejores noticias que nos llega del pregón de la musa infatigable. MARIO PARAJÓN En El puente de Waterloo, Fernando Nombela describe el viaje de un personaje que, surgido de las tinieblas de su propia ausencia, camina hacia la luz de la vida. “Retirar los escombros/ de lo que destruyó la noche” es la tarea dolorosa de quien quiere ser mirado como un “recién nacido” que aprende a “mirar de nuevo” y a recuperar la fe en algo que podría ser nombrado con la palabra amor: “entre la honda/ realidad de estar/ absolutamente/ solo/ y la locura/ febril de sentirme/ acompañado/ elijo la fiebre/ clavada en la herida”. El poema es la voz con la que el personaje dibuja su peripecia, a través de lo que es una lírica escueta, sencilla, esencial, volcada en el deseo de poner algo de verdad en la conquista de la esperanza, tantas veces mencionada en este libro. Poesía como proceso, como búsqueda, como expresión de un conflicto y como lugar de confesión y encuentro con el mundo y el amor. Fernando Nombela ha escrito un libro inhabitual y magnífico que no debería pasar desapercibido para ningún lector de poesía.

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  • Ryu Tongshik 198 páginas Pungniudo es el nombre que recibe la antigua religión autóctona de Corea. Originalmente vinculada a los ritos chamanistas, sin embargo, con el paso del tiempo y a lo largo de la evolución histórico de Corea, ha mostrado una extraordinario capacidad receptiva de las sucesivas religiones que fueron llegando a la península. El libro es un resumen histórico y teológico de esta experiencia.
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  • José Luis Gracia Mosteo 189 páginas

    La obra recibió el Premio de Novela Corta “Villanueva del Pardillo” 2005. El Jurado otorgó el premio por unanimidad al considerar la alta calidad literaria del texto y la acertada adecuación al género policiaco en que se inscribe. Una novela de intriga y de humor alrededor de las perversiones más infames; una sátira de los fundamentalismos y de la posmodernidad.

  • Yi Yulgok Este libro, El secreto para desterrar la ignorancia (Gyeongmong Yogyeol), escrito por uno de los intelectuales más prominentes de la historia de Corea, Yi Yulgok (1567-1584), nos presenta en diez breves capítulos los principios esenciales que cualquier joven coreano debe practicar en su vida diaria para avanzar intelectual y moralmente por el camino justo. Yulgok en la introducción que hace a su libro nos exhorta a no dejarnos llevar por la indecisión y ponernos en firme a la tarea del aprendizaje. “Escribí este compendio en el cual he señalado la forma de crear una voluntad firme, los cometidos que cada uno debe realizar, las normas para servir a los padres, las normas para tratar a las otras personas”. Si hubo un aspecto que caracterizó toda la vida del gran pensador confuciano Yulgok fue su pasión por la educación y el conocimiento en busca de la verdad y la rectitud social. Supo aplicar sus conocimientos filosóficos y científicos para el mejoramiento de la vida diaria de sus contemporáneos, comprometiéndose también en la vida política y de gobierno. Escrito hace ya más de 500 años deja al lector sorprendido por su actualidad y vigencia. Cualquier joven o adulto que emprenda un camino de aprendizaje para desterrar la ignorancia encontrará en la lectura de este libro, de un modo natural, las claves para ir descubriendo cómo hacer realidad esa sociedad de justicia y virtud soñada por los eruditos confucianos y, tal vez, también por nosotros.
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  • María Victoria Utrera Torremocha En este estudio se parte del concepto de símbolo y de sus relaciones con el mito, la metáfora o la alegoría para establecer la visión del universo y del lenguaje en el movimiento poético del simbolismo. La concepción medieval del simbolismo como expresión física de una entidad espiritual y divina reaparece con matizaciones en algunos autores de los siglos XVIII y XIX. Por su agudeza intelectual y la exactitud de su pensamiento y expresión, Johann Wolfgang Goethe es uno de los escritores que más ha contribuido a la definición del símbolo en la estética moderna. A Goethe se atribuye la discutida diferenciación y la oposición entre símbolo y alegoría, aunque no es el único teórico que pone las bases de la teoría simbólica moderna. Las nuevas correspondencias, imbuidas del gusto por lo extraño y lo raro, se desarrollan con la estética de Charles Baudelaire, maestro de los grandes poetas simbolistas –Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé–, que se abordan en este libro como núcleos generadores de las variantes simbolistas europeas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: el simbolismo epigonal francés y belga, el instrumentismo, el simbolismo inglés o el ruso, el hermetismo italiano o el modernismo hispánico.
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  • Ana María Fagundo 240 páginas

    "En el peregrinaje lúcido que es la obra de Ana María Fagundo, el tema sobre la consideración del verbo poético vuelve a aparecer reiterativamente, porque al considerarlo, toda su integridad sicosomática, intelectual, afectiva, trágicamente existencial y jubilosamente solar, se pone en juego como una implacable apuesta del "todo o nada": configurar la vida con la palabra y así acallar la agonía".

    Elena Andrés
  • Ricardo Lobato Morchón

    De la matriz del teatro del absurdo, entendido como un rebosamiento de las vanguardias históricas sobre suelo ideológico existencialista, surgen en los años cincuenta y sesenta algunas de las piezas canónicas del teatro cubano e hispanoamericano.

  • Irene Andrés-Suárez 200 páginas

    El presente trabajo reúne una gavilla de trabajos sobre la teoría y la práctica del teatro dentro del teatro. Los dos primeros ensayos son de carácter introductorio; en el de Andrés-Suárez se abordan además las funciones que desempeña el teatro dentro del teatro y las relaciones que se establecen entre la obra secundaria y la principal. Los demás trabajos versan sobre obras de Cervantes, Lope, Tirso y Calderón.

  • Enrique Jardiel Poncela 160 páginas

    Jardiel fue un hombre de teatro en el sentido más amplio que se le puede dar al término. No solamente escribió algunas de las mejores comedias cómicas que se han hecho en España —renovando el humor tradicional y actualizándolo—, sino que fue empresario teatral y se ocupó en todos los aspectos complementarios de la escena: dirección de actores, efectos especiales, escenografía, utilería, etc.

    En este cuidado volumen se integra toda su teoría teatral: sus opiniones sobre actores, directores y críticos; sus conceptos de cómo debía ser el teatro, junto con sus sugerencias para mejorarlo; su visión del panorama dramático de su tiempo, etc. Es una recopilación muy completa de sus escritos sobre el arte de Talía, en distintos géneros: en forma de ensayos breves, poemas, entrevistas y artículos, que son una amena y divertida lectura, como todas las suyas.

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  •   José Abreu Felippe 220 páginas Premio de Poesía Gastón Baquero 2000 LAS PALABRAS EN EL BORDE DEL TIEMPO Por Reinaldo García Ramos

    Según todo parece indicar, hay dos maneras básicas de ubicar un poema en relación con el momento de su composición: tratar de circunscribirlo a su hora, a su momento exacto, con lo cual el decursar de las imágenes adquiere una vinculación necesaria con lo que el autor padecía o disfrutaba en el instante de la escritura; y, en el otro extremo, opacar o desatender esa vinculación, o disfrazarla, considerando el texto una entidad atemporal, de valor absoluto, desligada del aquí y del ahora, y tal vez más cercana a lo eterno.

    En la primera opción entrarían los autores que se sienten más ligados a su panorama tangible, más inmersos en el azar de los desastres y alegrías que han afectado directamente al individuo que escribe; en la segunda, los autores que buscan resguardarse en valores más abstractos y no quieren referirse explícitamente a sus vivencias inmediatas, sino extraer de ellas versos menos circunstanciales. Desde luego, hay formas híbridas que buscan ubicarse en puntos intermedios, pero que casi siempre terminan revelando su inclinación más o menos pronunciada hacia una de esas opciones.

    En lo que respecta a esas dos posibilidades, el poeta José Abreu Felippe, nacido en La Habana en 1947, ha adoptado una actitud particular para entregarnos su más reciente libro, con el cual obtuvo el Premio de Poesía Gastón Baquero del año 2000. El nuevo poemario, El tiempo afuera [1], contiene textos que están rigurosamente fechados y que fueron escritos a lo largo de 23 años (entre 1976 y 1999), pero que no aparecen en su orden cronológico, sino que saltan en el tiempo, como las notas de una polifonía más agresiva. De hecho, tres poemas, dos escritos en 1977 y uno en 1976, los más antiguos, son los últimos del libro, como para subrayar una inversión del orden cronológico usual.

    Y si bien el poeta eligió ciertos temas que se refieren a determinados hechos de su vida inmediata, éstos no imponen un carácter factual y llano a los poemas, sino que los proyectan en un sistema de reflexiones y conclusiones en que esos hechos buscan sumarse a un discurso más trascendental. Como si el autor creyera en su propia forma de atemporalidad, en la que estén presentes determinadas acciones que han moldeado su vida, pero sólo para tratar enseguida de captar la resonancia de esas acciones en un sistema de apreciaciones generales.

    Esa especie de dispersión cronológica también ha estado presente en la forma en que este autor ha presentado hasta ahora el resto de su obra poética [2]. Comenzó a publicar esa obra, desde luego, después de su salida de Cuba en 1983, pero su primer poemario publicado en el exilio fue Orestes de noche[3], que en realidad era el segundo libro de poemas que había escrito (aparece fechado en 1978). Siete años después, sale a la luz Cantos y elegías[4], escrito dos años antes de Orestes de noche. Aunque esto pudo haber sido simplemente el resultado de las dificultades habituales con que tropiezan los poetas cubanos exiliados para publicar sus obras, es posible que el autor haya captado de antemano las preguntas que los lectores y los críticos podrían hacerse al respecto. Para ese aparente desasosiego, el nuevo poemario propone una solución casi lúdica: recoge textos que fueron escritos durante todo ese largo lapso de 23 años, y los presenta en un particular desorden, como para anular la trascendencia de las fechas en lo que respecta a la continuidad de la labor poética. Si eso fuera así, la revelación de las fechas de composición de cada poema al final del texto respectivo supondría cierta actitud irónica, o un modo ambiguo de subrayar la relatividad de esas mismas fechas.

    Pues lo fundamental, y no está de más subrayarlo ahora, se revela en los poemas mismos, no en los ordenamientos que haya querido darles su autor. Por eso, habría que destacar que, sea cual sea el orden o la fecha de cada texto, es indudable que Abreu Felippe decidió poner en este último libro los poemas que él consideró más sólidos (31 en total) de los que escribió y guardó, inéditos, durante esos 23 años. Sobre esa base, es fácil apreciar que en este volumen el autor define en términos más exactos sus intereses temáticos y agudiza con acierto sus recursos expresivos. El nuevo libro tiene una sostenida nitidez estilística.

    Muchos de esos intereses temáticos se anunciaban ya en sus libros anteriores (la nostalgia de una juventud sensual en su país natal, el amor, incluido el amor filial, la caducidad de ciertas posesiones), pero adquieren en este volumen contornos más inequívocos y dramáticos. En muchos casos, esos temas reaparecen redefinidos por determinados hechos más recientes. Entre esos hechos, mencionemos la llegada del poeta a Estados Unidos desde España en 1987 y el enfrentamiento con las manías de consumo norteamericanas y con la vacuidad de ciertos modos de vida urbana derivados de esas manías, y sobre todo, la pérdida en condiciones trágicas de su madre, la desaparición del padre, la crisis de los balseros cubanos en 1994, el pavor ante la vejez, etc.

    A modo de ejemplo, sigámosle la pista a uno de esos temas, y tratemos así de ver si esta obra poética ha cobrado esplendor y continuidad a lo largo de estos años, o ha alterado sus rumbos, aspectos y dimensiones. Elijo tal vez el tema más ferviente y doloroso del libro: la orfandad, la percepción luctuosa de la existencia tras la pérdida de la madre en condiciones trágicas, y la presencia que ese hecho cobra entre los aspectos restantes de la vida y entre las imágenes del discurso personal del autor.

    Es curioso que en Cantos y elegías, libro que el autor había escrito en Cuba a los 29 años, hay un hermoso poema en que éste presiente la pérdida de su madre, pero pide que ese hecho se manifieste dulcemente, "así como tan tierno su pelo / bajo mi mano cede". Pero en medio de esa dulzura, un corrientazo nos alerta súbitamente sobre el "desconcierto que ya nos acompaña", pues el poeta sospecha también que la muerte de su madre ocurriría "inesperadamente, y se caiga como suelen los árboles".

    Más adelante, en su segundo libro (Orestes de noche), el poeta parece reiterar esa comprensión magnánima de la caducidad ("sólo la pérdida es eterna"), pero esta vez vislumbra el aspecto regenerador de esa condición, que se revela en una continuidad menos anecdótica. En uno de los poemas memorables de ese volumen (Museo Nacional), el autor recorre los fríos pasillos atiborrados de obras de arte, descubre súbitamente la presencia de una forma desconocida de muerte en esas "cosas", objetos presuntamente inmortalizados por la voluntad artística, y siente la nostalgia de la vida real, que ha quedado afuera, cuando nos dice:

    Y pienso que la muerte que hay en la vida sobrevive a la vida, que las cosas que creemos salvar no son más que muerte, mínimas muertes

    Esa especie de sensación rimbaudiana de verdadera vida afuera, en otra parte, cobra en el nuevo poemario dimensiones mucho más delineadas, pues la pérdida de la madre sale del marco especulativo-filosófico y entra de lleno en el reducto estridente y sangriento de los accidentes cotidianos:

    Ella acerca su cara y me da un beso, dice cuídate. Luego sale a la calle y la aplasta un carro.

    En su permanencia luctuosa en el mundo, el poeta siente que la verdadera existencia (la compañía de su madre o, en otro campo temático vinculado a éste, la compañía de su padre) está afuera, y que el cuerpo palpable del poeta y sus emociones han quedado encerrados, ateridos asfixiantemente en el tiempo de adentro, el tiempo de la pérdida y la abulia y la alienación, no el tiempo en que ocurre con indiferencia la vida de los demás:

    La noche no era como la muerte de su madre rota contra el asfalto. La noche estaba más allá de él, fuera de él, y tenía la música.

    Esta asimilación de hechos trágicos en términos poéticos y este acercamiento directo a la rudimentaria realidad circundante, en la que los objetos y los seres humanos parecen subrayar su ajenidad y desconocer el dolor del poeta (pues tienen "la música"), se observa también, como es de esperar, en relación con otros temas (por ejemplo, la desaparición del padre, o la familia reunida ante la avalancha de objetos impersonales durante las Navidades fuera de Cuba), pero se agudiza sobre todo en los poemas escritos en los años 90. Esos poemas constituyen la mayor parte del libro (hay sólo cinco escritos en los años 80 y tres sonetos compuestos en 1976 y 1977) y son los que revelan, a mi modo de ver, el carácter singular de este libro con respecto al resto de la obra del autor.

    En estos textos, el poeta ha abandonado ya definitivamente las declaraciones filosóficas generales que daban el tono más armónico y constante a las páginas de Orestes de noche (en las que el discurso estaba casi totalmente al servicio de una reflexión trascendente enmarcada entre imágenes de escueto lirismo, al estilo de Rilke[5]) y que también estaban presentes, aunque de manera más despojada y suave, en los Cantos y elegías. Ahora, el poeta quiere hablarnos en términos mucho más directos y meterse en la realidad fragmentada de su exilio sin abandonar su perplejidad ni su nostalgia; busca reflejar en sus versos una crueldad concreta y visible, y elaborar una especie de crónica ferviente de la inmediatez. De ahí que su expresión cobre, a mi modo de ver, una resonancia mucho más contemporánea.

    Ese ingrediente contemporáneo alcanza una intensidad deslumbrante en el grupo de poemas que escribió en 1994, a raíz de la llamada "crisis de los balseros", durante la cual miles de cubanos se lanzaron al estrecho de la Florida en rústicas embarcaciones improvisadas para llegar a las costas de los Estados Unidos. Gran parte de esos balseros pudieron llegar a tierras norteamericanas, otros permanecieron largo tiempo hacinados en la base naval de Guantánamo, y muchos –la cifra exacta tal vez nunca se llegue a conocer– perecieron en las aguas de ese estrecho cuando sus precarios medios de navegación sucumbieron ante la furia del mar.

    El poeta nos entrega en este libro varios poemas que aluden a las dimensiones trágicas de esos acontecimientos (entre ellos, Balsas y Oración). De ellos, el que deja una huella más indeleble en el lector y más pavor siembra en su espíritu es también, a mi modo de ver, el mejor poema de todo el volumen (Canto a la Virgen), en el que Abreu Felippe resume con precisión el desconcierto y la estupefacción de todo un pueblo:

    Voy a cerrar los ojos porque no quiero ver los rostros desgarrados de mis hermanos, la espuma que ya no sé si es lona o pez o soga o bidones sellados o gomas a punto de estallar y tiemblo el miedo de ellos. Porque en estos tiempos ya no hay botes, sino balsas y no son tres, sino miles los que te llaman. Tú sigues siendo la misma. Protégelos, madre.

    Hay que saludar, pues, con sereno entusiasmo, estos poemas del desamparo filial y la orfandad irremediable, estos cantos de la impaciencia del exilio y el fragor de la huida y el despojamiento, que uno de nuestros buenos poetas ha entregado con temeridad y pasión. Son palabras salvadas en el borde del tiempo; como si se fueran a escapar de ese tiempo sin dejar de prolongarse en nuestros días confusos; o como si fueran a caer y quedarse en su hora, pero cargadas de ecos que habían dejado de existir. Saludemos, por todas esas razones y otras, este nuevo libro de José Abreu Felippe.

    1 Editorial Verbum, Madrid, 2000, 56 págs. El jurado del Premio estuvo integrado por Felipe Lázaro, Pedro Shimose y Luis Antonio de Villena. 2 Abreu Felippe es también dramaturgo, narrador y crítico. Ha publicado tres volúmenes de teatro: Amar así (Miami, 1988), Teatro (Madrid, 1998) que reúne cinco piezas, y Tres piezas (Miami, 2010). Su novela Siempre la lluvia (Miami, 1994), que fue finalista del Premio Letras de Oro en 1993, forma parte de la pentalogía El olvido y la calma, integrada por Barrio Azul (Miami, 2008), Sabanalamar (Miami, 2002), Dile adiós a la Virgen (Barcelona, 2003) y El Instante (Miami, 2011). 3 Editorial Playor, Madrid, 1985, Colección "Nueva poesía", 64 págs. 4 Editorial Verbum, Madrid, 1992, 88 págs. 5. Esto no impedía, que conste, la presencia en el libro de poemas excelentes, como el ya citado, o como el titulado "El camino de Mitilene".
  • Antonio Lastra 242 páginas El título de este libro es una versión del título de otro libro, Schopenhauer como educador, de Friedrich Nietzsche. Aunque para entender a Nietzsche habría que admitir sin reservas la influencia de Emerson, contribuir a esa interpretación no es el motivo que ha animado las páginas que siguen. La influencia de Emerson en general –a pesar de los grandes ejemplos de Thoreau, del propio Nietzsche, de Harold Bloom o de Stanley Cavell– sigue siendo un misterio. Cada uno de los ensayos de este libro ofrece un aspecto de ese misterio, no la clave. El misterio o la dificultad en cuestión tal vez residan en lo que Emerson llamó las “enseñanzas tardías”. Una lectura comparada de algunos autores más o menos excéntricos podría mejorar nuestra educación convencional. El carácter que le demos a la convencionalidad de nuestras instituciones educativas es menos importante que el hecho de que tienden casi fatalmente a la conformidad. La confianza en sí mismo que Emerson adoptó como aversión a esa conformidad era, sin embargo, una exigencia de la comunidad: de lo que la comunidad exige a cada uno de sus miembros y de lo que cada uno de sus miembros exige a la comunidad.