Las “traiciones”, según Batista

El periódico 14ymedio publica en su versión digital, un extenso fragmento de la obra de Jacobo Machover Los últimos días de Batista.

Cuba traicionada, Cuba betrayed, es el título en inglés del libro de Fulgencio Batista y Zaldívar, editado dos años antes en México y titulado simplementeRespuesta… Es la defensa de quien fuera el hombre fuerte en la isla frente a todos los ataques contra su régimen y contra su persona. No se trataba de la primera obra de Batista: ya había escrito varias, durante los años 1940, pero era su primer testimonio después de su salida forzada de Cuba, redactado mientras vivía exiliado en la isla portuguesa de Madeira, después de una corta estancia en la República Dominicana. La edición americana retoma la idea clave del libro: la de la traición. Pero mejor habría sido decir “Batista traicionado” en vez de Cuba. Porque su derrota fue, según su punto de vista, mucho más la consecuencia de una serie interminable de traiciones de los americanos, de la burguesía cubana (a la que designa a veces como “las clases económicas” en oposición a los obreros, quienes le habrían seguido siendo fieles), y de algunos de sus pares, los militares más cercanos, que de la lucha de los rebeldes de Fidel Castro.

Ese testimonio contrasta, en todo caso, con los relatos épicos sobre la revolución, la mayoría basados en los relatos de los guerrilleros una vez en el poder, principalmente los Pasajes de la guerra revolucionaria de Ernesto Che Guevara, publicados a lo largo de los primeros años después de la toma del poder y reagrupados en un volumen en 1963, pero también de las anécdotas destiladas en los discursos de Fidel Castro o en las entrevistas concedidas a innumerables periodistas extranjeros. Otras versiones de las mismas “hazañas” figuran en El libro de los doce -publicado primero en varios países europeos en 1965 y luego en Cuba en 1967-, de Carlos Franqui, uno de los ideólogos del castrismo, quien dejó la isla a raíz de la intervención soviética en Checoslovaquia en 1968. Pero fueron pocos los que se esforzaron por analizar la descomposición del poder desde su interior. He ahí el interés fundamental del libro de Batista, que no es simplemente una respuesta a sus detractores sino también un intento de justificación de su golpe de Estado del 10 de marzo y un relato pormenorizado de la evolución de las oposiciones dentro y fuera de su propio bando hasta la desintegración final de su Ejército, en los últimos días de diciembre de 1958. Y también de su abandono por sus antiguos aliados, los Estados Unidos, acusados explícitamente de haber tomado partido por los rebeldes. Desde esa perspectiva, la revolución cubana es por supuesto distinta. Ya es hora de interesarse en esa versión, nada heroica, pero que sí expresa la visión del vencido, sin pathos, con cierta lucidez.

Fueron pocos los que se esforzaron por analizar la descomposición del poder desde su interior

Fulgencio Batista, considerado como un “tirano implacable”, instigador de un régimen “dictatorial y cruel”, se empeña en subrayar para su propia defensa que su objetivo no era tal, al tomar el poder por la fuerza en 1952, sino al contrario que quería restablecer una democracia debilitada por el caos que reinaba en la República, durante el tercer mandato constitucional iniciado en 1948 bajo la presidencia de Carlos Prío Socarrás, consecutivo a su propio periodo presidencial entre 1940 y 1944, y al de Ramón Grau San Martín entre 1944 y 1948.

Los años en el poder de Carlos Prío fueron marcados por un auge de los enfrentamientos entre las pandillas de gangsters, que se presentaban todas como revolucionarias pero que no hacían más que matarse entre sí para conseguir puestos, muy bien remunerados, en la policía o en la administración, y para controlar la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), bandas de las que formaba parte Fidel Castro, acusado personalmente de haber llevado a cabo varios asesinatos. La sociedad cubana era violenta y estaba profundamente corrompida, marcada además por la colusión de ciertos responsables políticos con varios personeros de la mafia americana -cuya implantación en Cuba era muy anterior al madrugonazo de Batista- que encontraban en la isla la oportunidad de seguir con sus negocios (construcción de hoteles y de casinos, tráficos de todo tipo), lejos de los severos controles de la administración de su país de origen.

Cuba había sido además sacudida por un drama que marcó para siempre la historia nacional: el suicidio, en 1951, prácticamente en directo por la radio -se había disparado un balazo en el vientre pero su programa había sido interrumpido por la publicidad ya que había rebasado el tiempo que había comprado-, de Eduardo Chibás, el más popular de los políticos, dirigente del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Él había hecho de la lucha contra la corrupción su meta, adoptando el símbolo de la escoba para limpiar los establos de las élites de la isla. Al no poder brindar la prueba de sus acusaciones contra un ministro en funciones, Aureliano Sánchez Arango, Chibás había preferido acabar con su vida. Su honradez proverbial y cierto grado de locura habían acabado con él. El pueblo cubano nunca se repondría de esa pérdida. Su entierro fue la mayor expresión espontánea de luto de los cubanos -los funerales de Fidel Castro, organizados y controlados al milímetro por su hermano Raúl en 2016, no pueden ser considerados de la misma manera.

¿Creía Batista poder volver a ser “El Hombre” providencial, supliendo la ausencia de líderes algo demagógicos como Chibás? En todo caso, las motivaciones para su pronunciamiento no son nada claras. Por cierto, no alude a un golpe de Estado sino al “régimen revolucionario del 10 de marzo”. En el seno de la familia, como explica su hijoBobby, se refería al “régimen de marzo”, suprimiendo el calificativo de “revolucionario”.

Esa “revolución” no fue sangrienta, explicaba, justificándose, al igual que la de los “sargentos”, que había encabezado en septiembre de 1933, casi veinte años antes, y que había acabado con la violencia incontrolada que siguió a la caída del dictador Gerardo Machado. Aquella acción lo había convertido, hasta su elección democrática a la presidencia en 1940, en el verdadero demiurgo en la sombra de la política insular.

El golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, sin embargo, no fue tan pacífico como lo afirma

El golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, sin embargo, no fue tan pacífico como lo afirma. Durante la madrugada del 9 al 10 de marzo, el general Batista salió de su residencia situada al oeste de La Habana, la finca llamada Kuquine, en compañía de algunos de sus allegados más cercanos. Se distribuyeron en tres vehículos y entraron sin disparar un tiro, a las 2 y 43 de la madrugada, en el campamento militar de Columbia, el más importante de Cuba. El golpe nocturno estaba perfectamente organizado. La barrera del puesto de guardia se levantó en seguida para dejarlo pasar, a la vez que, con la misma facilidad, sus generales tomaban el mando de los principales reductos militares de la capital: la fortaleza colonial de La Cabaña y el cuartel de San Ambrosio. Batista iba vestido de civil, con un jacket de cuero y la camisa abierta. Disimulaba no obstante debajo de la ropa una pistola de calibre 38, por si la acción no salía como estaba previsto. Las fotos lo muestran sonriendo ante un retrato de José Martí, el “apóstol” de la guerra de independencia contra España, muerto en combate en 1895, rodeado por soldados, recibido triunfalmente por la tropa. Eso lo llevó sin duda a pensar que la República lo esperaba como si fuera su salvador y que iba a restablecer incluso la democracia degradada. Por lo menos fue lo que le escribió a su segunda esposa, Martha Fernández, en la carta que le había dejado al salir de Kuquine, su eventual testamento. Era sólo una ilusión.

Más tarde, en la madrugada, después de que la radio anunciara el alzamiento, el presidente Carlos Prío, a quien le faltaban pocos meses para concluir su mandato, ya que las elecciones debían tener lugar el 1° de junio, llegaba a las 4 y 30 a Palacio, situado en aquella época en el corazón de La Habana. Ante una de las entradas laterales del edificio, se produjo un tiroteo entre varios hombres de Batista, que se encontraban en un vehículo de la policía, y la guardia de Palacio. Dos de los asaltantes murieron en el acto, así como uno de los guardias, alcanzado por el rebote de una bala, mientras otro resultó herido. Fue la única resistencia efectiva durante esa madrugada. Pero, rápidamente, unos veinte estudiantes de la FEU se reunieron con Carlos Prío para reclamar armas. El presidente consideró que cualquier tipo de resistencia era inútil en ese momento porque el Ejército controlaba las comunicaciones y todos los puntos estratégicos en la capital y en el conjunto del país: Batista seguía siendo popular en la institución castrense, como en la época de la “revolución de los sargentos”. Prío tomó entonces la decisión de esconderse en casa de unos amigos situada en la playa de Guanabo, al este de La Habana. Batista sabía dónde se encontraba. Le permitió no obstante refugiarse en la embajada de México, de donde podría salir hacia el exilio, que aprovecharía para luego organizar acciones armadas contra él. Esa debilidad hacia sus enemigos políticos, incluso con Fidel Castro, le iban a provocar más tarde malas jugadas, precipitando su caída.

 

La reseña original:

https://www.14ymedio.com/cultura/traiciones-Batista_0_2577342247.html

 

El libro:

Los últimos días de Batista

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