Reseña de «Historia cómica del cine», de Enrique Gallud
Francisco Javier reseña el libro de Enrique Gallud Jardiel «Historia cómica del cine» para el blog de cine, Zinemut.

Algunos locos ha habido, sin embargo, que han intentado elevar al cine a la esfera estética que le corresponde y de ahí surge este libro de Enrique Gallud Jardiel, Historia cómica del cine, cuyo índice se articula sobre temas más que sobre cineastas (“Sovietografía”, “Francia otra vez”, “Más cine escandinavo”, etcétera, y de ahí que apreciemos una voluntad enciclopédica de la parodia.

Si recordamos la famosa división de la literatura que hizo Valle-Inclán, el primer estadio estaría ocupado por los poetas que miraban a los héroes de abajo arriba y de ahí nacieron los cantares de gesta o las grandes epopeyas; el segundo consistiría en ese momento en que el autor mira a los personajes de igual a igual, de donde surgen Shakespeare y Lope de Vega, entre otros muchos de la época; y, por fin, el tercer gran episodio es el que Valle reservaba a sí mismo y consiste en mirar a los personajes de arriba abajo, de donde nace el esperpento. Pues bien, yo creo que Gallud se sitúa entre las dos últimas opciones. Digamos que bebe de ambos manantiales en sus parodias, pues su actitud es caricaturizar a los grandes nombres, pero mirándoles a los ojos, a la misma altura y no desde un plano superior: no como marionetas, sino como seres humanos con todas sus limitaciones.
Comparte Gallud con este humilde reseñador la admiración por Kubrick, pero precisamente porque es un director del que se siente devoto el nieto de Jardiel se permite tratarlo con familiaridad. No resulta extraño, por ello, que se permita considerarlo «un maniático perfeccionista que estaba como una cabra del Tirol suizo, pero que hizo grandes películas, innovando en todos los géneros, mediante el infalible procedimiento de estarse cinco años retocando cada guion y luego hacer trescientas tomas como mínimo de cada plano. ¡Así cualquiera!», que ya sabemos que la grandeza del héroe no resiste un examen al microscopio.

Stanley Kubrick
¿Qué es lo que nuestro autor busca con todo esto? Pues yo creo que algo bastante sencillo: ampliar nuestro amor al cine por otros horizontes, pues si la industria, sobre todo hollywoodiense, se empeñó y se sigue empeñando en convertir al séptimo arte en una cosita así como de usar y tirar, conviene que conozcamos la encarnadura humana de los grandes realizadores, sus referencias estéticas y el caldo de contradicciones en que nacieron sus creaciones. Y yo creo que hay un enorme mensaje de esperanza en todo esto: no es que cualquiera pueda ser un genio, es que cualquier escalera de vecinos puede albergar un genio, dado que a los grandes artistas les huele el aliento por la mañana, como a todo el mundo, y sus grandes cuitas en esencia son compartidas por la humanidad con todo lo que eso implica de grandeza y patetismo. Patetismo risible (risible en el mejor sentido, por supuesto).

Como quiera que gozo del inmenso privilegio de ser lector habitual de Gallud, creo que el ejemplo recién mencionado de Dean Martin nos permite apreciar uno de los recursos técnicos más utilizados por el autor que nos ocupa, es decir, el del chispazo final, pues tiende Gallud a presentarnos las cosas más o menos como son, incluso con un cierto toque encomiástico para fustigar luego nuestra indolencia con un comentario ingenioso al concluir la idea. De Cecil B. DeMille se afirma, por ejemplo, que «está convencido de que cuanto mayor sea la tragedia, más público la verá, porque a los hombres les gusta mucho ver sufrir a los otros hombres». Desencanto sublimado en humor. O cuando nuestro autor habla del cine sueco, considera que Alf Sjöberg e Ingmar Bergman «fueron grandes cineastas, pero que en cambio tenían muy poca gracia para contar chistes». Y así podríamos multiplicar los ejemplos de colofones jocosos.

La muerte juega al ajedrez en El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman
Probablemente, muy pocas cosas habrá en el mundo más igualitarias que la parodia, que a todos alcanza de la misma manera y a todos sitúa entre sus justas coordenadas.

Muchos, muchísimos son los nombres que han quedado fuera de mi reseña, pero caramba, para eso está el libro de Gallud, un autor que logra lo que con tanto ahínco se ha buscado a lo largo de los siglos: divulgar divirtiendo.
La reseña original: Clique aquí
El libro: Clique aquí
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Reseña de «Historia cómica del cine», de Enrique Gallud
Francisco Javier reseña el libro de Enrique Gallud Jardiel «Historia cómica del cine» para el blog de cine, Zinemut.

Algunos locos ha habido, sin embargo, que han intentado elevar al cine a la esfera estética que le corresponde y de ahí surge este libro de Enrique Gallud Jardiel, Historia cómica del cine, cuyo índice se articula sobre temas más que sobre cineastas (“Sovietografía”, “Francia otra vez”, “Más cine escandinavo”, etcétera, y de ahí que apreciemos una voluntad enciclopédica de la parodia.

Si recordamos la famosa división de la literatura que hizo Valle-Inclán, el primer estadio estaría ocupado por los poetas que miraban a los héroes de abajo arriba y de ahí nacieron los cantares de gesta o las grandes epopeyas; el segundo consistiría en ese momento en que el autor mira a los personajes de igual a igual, de donde surgen Shakespeare y Lope de Vega, entre otros muchos de la época; y, por fin, el tercer gran episodio es el que Valle reservaba a sí mismo y consiste en mirar a los personajes de arriba abajo, de donde nace el esperpento. Pues bien, yo creo que Gallud se sitúa entre las dos últimas opciones. Digamos que bebe de ambos manantiales en sus parodias, pues su actitud es caricaturizar a los grandes nombres, pero mirándoles a los ojos, a la misma altura y no desde un plano superior: no como marionetas, sino como seres humanos con todas sus limitaciones.
Comparte Gallud con este humilde reseñador la admiración por Kubrick, pero precisamente porque es un director del que se siente devoto el nieto de Jardiel se permite tratarlo con familiaridad. No resulta extraño, por ello, que se permita considerarlo «un maniático perfeccionista que estaba como una cabra del Tirol suizo, pero que hizo grandes películas, innovando en todos los géneros, mediante el infalible procedimiento de estarse cinco años retocando cada guion y luego hacer trescientas tomas como mínimo de cada plano. ¡Así cualquiera!», que ya sabemos que la grandeza del héroe no resiste un examen al microscopio.

Stanley Kubrick
¿Qué es lo que nuestro autor busca con todo esto? Pues yo creo que algo bastante sencillo: ampliar nuestro amor al cine por otros horizontes, pues si la industria, sobre todo hollywoodiense, se empeñó y se sigue empeñando en convertir al séptimo arte en una cosita así como de usar y tirar, conviene que conozcamos la encarnadura humana de los grandes realizadores, sus referencias estéticas y el caldo de contradicciones en que nacieron sus creaciones. Y yo creo que hay un enorme mensaje de esperanza en todo esto: no es que cualquiera pueda ser un genio, es que cualquier escalera de vecinos puede albergar un genio, dado que a los grandes artistas les huele el aliento por la mañana, como a todo el mundo, y sus grandes cuitas en esencia son compartidas por la humanidad con todo lo que eso implica de grandeza y patetismo. Patetismo risible (risible en el mejor sentido, por supuesto).

Como quiera que gozo del inmenso privilegio de ser lector habitual de Gallud, creo que el ejemplo recién mencionado de Dean Martin nos permite apreciar uno de los recursos técnicos más utilizados por el autor que nos ocupa, es decir, el del chispazo final, pues tiende Gallud a presentarnos las cosas más o menos como son, incluso con un cierto toque encomiástico para fustigar luego nuestra indolencia con un comentario ingenioso al concluir la idea. De Cecil B. DeMille se afirma, por ejemplo, que «está convencido de que cuanto mayor sea la tragedia, más público la verá, porque a los hombres les gusta mucho ver sufrir a los otros hombres». Desencanto sublimado en humor. O cuando nuestro autor habla del cine sueco, considera que Alf Sjöberg e Ingmar Bergman «fueron grandes cineastas, pero que en cambio tenían muy poca gracia para contar chistes». Y así podríamos multiplicar los ejemplos de colofones jocosos.

La muerte juega al ajedrez en El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman
Probablemente, muy pocas cosas habrá en el mundo más igualitarias que la parodia, que a todos alcanza de la misma manera y a todos sitúa entre sus justas coordenadas.

Muchos, muchísimos son los nombres que han quedado fuera de mi reseña, pero caramba, para eso está el libro de Gallud, un autor que logra lo que con tanto ahínco se ha buscado a lo largo de los siglos: divulgar divirtiendo.
La reseña original: Clique aquí
El libro: Clique aquí
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