Reseña de El triángulo de cuatro lados, de Rosario Martínez

La norma de las tres fases del drama clásico, exposición, nudo y desenlace, está presente en la novela, aunque habilidosamente entreverados de forma que surge el suspense. La intensa emoción por descubrir lo inesperado. Más de un clásico dejó escrito, que “el tiempo tiene dos dimensiones: la longitud o extensión lineal marcada por el movimiento del sol y la anchura que da la profundidad de la pasión humana”. Pues bien, en este su magnífico epílogo- que bien valdría de prólogo- la autora nos dice. Cito textualmente:
“¡Pobre de aquél que no haya sentido su arrebato (el de la pasión) al menos una vez en su existencia, porque eso querrá decir que está muerto para la vida!”
Califica de tiempo muerto al unidimensional contrapuesto al tiempo vivo de la pasión. Sin embargo, no espere el lector encontrar una versión actual de la Fedra de Eurípides. Sólo son dos los puntos coincidentes con la obra clásica: sus ingredientes fundamentales, la pasión amorosa y el destino, aquí nuevamente inexorable y representado por la muerte, al que la autora da vida corpórea para conformar el cuarto lado de este triángulo dramático.
José María Noval
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Reseña de El triángulo de cuatro lados, de Rosario Martínez

La norma de las tres fases del drama clásico, exposición, nudo y desenlace, está presente en la novela, aunque habilidosamente entreverados de forma que surge el suspense. La intensa emoción por descubrir lo inesperado. Más de un clásico dejó escrito, que “el tiempo tiene dos dimensiones: la longitud o extensión lineal marcada por el movimiento del sol y la anchura que da la profundidad de la pasión humana”. Pues bien, en este su magnífico epílogo- que bien valdría de prólogo- la autora nos dice. Cito textualmente:
“¡Pobre de aquél que no haya sentido su arrebato (el de la pasión) al menos una vez en su existencia, porque eso querrá decir que está muerto para la vida!”
Califica de tiempo muerto al unidimensional contrapuesto al tiempo vivo de la pasión. Sin embargo, no espere el lector encontrar una versión actual de la Fedra de Eurípides. Sólo son dos los puntos coincidentes con la obra clásica: sus ingredientes fundamentales, la pasión amorosa y el destino, aquí nuevamente inexorable y representado por la muerte, al que la autora da vida corpórea para conformar el cuarto lado de este triángulo dramático.
José María Noval










