Hamete Benengeli

306 páginas

La que resultó ser una novela fuera de lo común, estaba dividida en capítulos breves y había sido escrita en cualquier lugar, desde un fino bloc de notas hasta en cuadernos compuestos de hojas aquí llamadas recuperables, esto es: hojas amarillas, casi totalmente marrón en algunos casos, que han sido utilizadas por una de sus caras y vuelven a emplearse por el dorso. Y parece ser que fue compuesta a saltos, porque el autor incurre en olvidos y omisiones para las que no hallo otra justificación que la pereza o la falta de revisión. Descuidó tal vez la corrección de los manuscritos o tal vez no se interesó por hacerlo. Sus propósitos continúan siendo un misterio para mí, como él mismo. En la portadilla del primer cuaderno estaba claramente inscrita las fechas en que parece ser el autor pergeñó su obra. Ponía: La Habana, 1991-1993. Nada sobre el nombre del autor, de quien nada sabía y de quien aún nada sé. Solo esa información puedo dar, el resto son solo conjeturas de académico reticente. […] Debo llamar la atención del lector en que los manuscritos se iniciaban con una palabra en letra de molde, escrita con desacostumbrada claridad, que supuse fuese el título de la novela, la palabreja es nada menos que Lefeizon. Busqué en cuanto diccionario tuve a mano, incluso en varios etimológicos, y ni siquiera pude hallar una raíz hispana o romance o prerromance de la que pudiera derivar este vocablo incompresible. En uno de los últimos cuadernos aparecía una nota: “Posible título: La mano sobre el hilo“. De modo que a estas alturas no puedo definir cuál sería el apropiado para la obra que me ocupo en presentar.

Otras tantas irregularidades me tropezaron en el transcurso de la lectura y luego en la corrección de los manuscritos: algunas frases y hasta párrafos que no llegó a incluir en ningún capítulo pero que considero relevantes, en su mayoría logré insertarlos aquí y allá; asimismo me sirvieron para rellenar espacios ilegibles. No obstante, el lector deberá sufrir las pérdidas que ni siquiera por mi labor de sastre podrá dejar de advertir. Pido disculpas por el autor y recomiendo no perder el buen ánimo, porque de algo estoy absolutamente convencido: este es un libro que merece expiaciones.

Concluida la lectura volví por el vendedor, para satisfacer, a cambio de unas monedas, mi curiosidad, pero ni ese día ni al siguiente pude encontrarlo. Tirando de las pistas que me da el propio texto, lo único seguro para mí es que se trata de una novela iniciática, de un autor muy joven que se jugó todas sus cartas en este libro que no quiso o no pudo editar. Sentí, aún padezco de ese sentimentalismo desusado, la obligación de pasar en limpio su manuscrito a veces indescifrable y publicarlo para que los lectores puedan tener una obra que para ellos fue concebida y no para que envejeciera por los siglos de los siglos sin recibir el alimento de la lectura. Quizás algún descifrador más sagaz que yo mismo logre atar los hilos que la mano de este escurridizo autor dejó flotando en el misterio. ¿Ha de ser el título Lefeizon o La mano sobre el hilo? ¿O será que los dos constituyen un verdadero título, siete palabras para hallar la perfección en el sentido, la representación del hombre? Les dejo escoger. Y escojan como yo, en cada caso, el camino que más les acomode, sin olvidar el consejo de aquel morisco jardinero por el que me fui a La Habana.

Dr. Hamete Benengeli

Universidad Complutense de Madrid