Zoé Valdés

214 páginas

Estos poemas podrían ser cantados con la cálida fiereza de Olga Guillot o con el desgarrado paladeo del desamparo de Bessie Smith. Mientras, al fondo, Mallarmé susurra “La carne es triste”. Una lectura atenta de los versos que componen este volumen de vocación unitaria, dionisíacos y entusiásticos en su ánimo, provocadores en su expresión, en su sobreabundancia, terminan por revelar un vacío. Una ausencia que se convierte en grito. Como toda memoria, la voz poética convoca, redescubre y viste recuerdos estáticos desde una melancólica urgencia presente. El desbordamiento sensorial, al que acuden los cinco sentidos, pareciera precipitar una furia, un desproporcionado apetito, una voracidad ilimitada. La sensualidad transgresiva de estos poemas, vertida en un lenguaje descarnado, no oculta una profundidad de los sentimientos. Tal vez, esta Zoé, japonesa, como en los grabados eróticos de Utamaro, únicamente quisiera expresar “el mundo que fluye” en su más cruda realidad.

Pío E. Serrano

“En el poema alcanza Ud. eso que llaman levitación, extraña facultad sólo dispensada a los místicos a los poetas, y acaso a los epilépticos que son seres fuera de serie, con un pie aquí y otro allá”.

Dulce María Loynaz

“Leer a Zoé Valdés es comprobar lo que escribe José Lezama Lima: ‘la poesía ve lo sucesivo como simultáneo’. Sus poemas no conocen receso o pausa en la emoción”.

Jean-François Fogel

“Zoé, muy admirada, te releo, te oigo, hasta que te hiciste visible. Qué impacto fulgurante esos juegos inocentes. Me encanta que estés escribiendo así, al borde del abismo”.

Gonzalo Rojas

“A todos [poetas jóvenes cubanos] los leo con interés pero quiero señalar a Zoé Valdés porque lo poco que conozco de ella me interesa mucho. Es ‘bien criolla’, como diría un francés”.

Gastón Baquero