La Mentira. Entrevista a Miguel Catalán

Luis García-Chico entrevista para la web Espacios Inseguros a Miguel Catalán autor del tratado sobre la mentira Seudología.

 

En el presente artículo tengo el placer de presentarles mi entrevista realizada a quien podría considerar uno de mis maestros como teórico de la mentira: el profesor Miguel Catalán.

Miguel Catalán (1958) es autor de una vasta obra dedicada al estudio multidisciplinar de la mentira, el engaño, el secreto… recogida bajo el título de Seudología (entre otras obras por las que ha recibido diferentes galardones). Es doctor en Filosofía y Profesor de Pensamiento Político y Ética de la comunicación en la UCH-CEU. Es de los pocos estudiosos en España de una facultad tan oscura como interesante y reveladora: la mentira. Además, se acaban  de publicar los volúmenes noveno y décimo, dedicados al engaño eclesiástico, con los títulos de “La santa mentira” y “La alianza del trono y el altar”, así como el cuarto, “La sombra del Supremo”, el único que la editorial Verbum todavía no tenía en su catálogo. De tal forma, los lectores tienen a su disposición a partir de ahora la integridad de los diez tomos publicados hasta el momento.

Con un respeto, amabilidad y generosidad ejemplar, el sr. Catalán me permitió concederle la siguiente entrevista formada por siete preguntas relativas a la mentira.

Deseando que les guste y se cuestionen nuevos interrogantes y buceen en nuevos planteamientos, les presento dicha entrevista.

Luis García-Chico: Buenos días, profesor. ¿Cómo surgió su interés por el estudio en profundidad de la mentira?

Miguel Catalán: Aunque mi primer escrito al respecto se remonta a 1990, con un artículo que apareció en la revista “El Basilisco”, solo concebí el proyecto seudológico hacia 1994, yo tendría por entonces treinta y seis años. Fue cuando redacté el primer volumen del tratado, El prestigio de la lejanía.

LGC: ¿Y por qué eligió el tema de la mentira?

MC: La motivación que me llevó a dedicar mi vida intelectual a la mentira es, en el fondo, la pasión de descubrir la verdad bajo la espesa alfombra de todas las falsedades e imposturas. No tanto el anhelo de tener la verdad para quedársela cuanto el de buscarla y dar con ella atravesando los obstáculos interpuestos. La verdad así descubierta se parece a un ratón que ha vivido en la oscuridad durante largo tiempo y te mira muy asustado por la luz de la alacena que acabas de encender. Cada vez que he conseguido desvelar una de esas verdades discretas u ocultas, la inmensa alegría que he sentido ha justificado la tarea. Nuestra civilización está muy bien alfombrada, casi no queda una pulgada libre, y por tanto la tarea resulta inacabable. Es una pasión cinegética. Creo que es en su Tratado de la naturaleza humana donde dice Hume que la caza y la filosofía son las dos pasiones más parecidas entre sí, porque aúnan el movimiento, la atención, la dificultad y la incertidumbre.

LGC: ¿Han existido culturas que diesen a la mentira un valor positivo? Y si es así, ¿sociológicamente se puede explicar de alguna manera esa yuxtaposición con la corriente occidental tradicional?

MG: Hay sociedades “pícaras”, como la tradicional mediterránea, que se las arreglan bastante bien con el engaño mutuo; forma parte de los sobreentendidos prácticos de la cultura cotidiana y todo el mundo está más o menos advertido. En Homero, por ejemplo, la astucia y la falsía son las virtudes principales de Odiseo, además del coraje; en la literatura castellana clásica, el “pícaro” es un personaje simpático… Otras sociedades muestran una actitud mucho más hostil hacia el engaño, como en general las modernas sociedades protestantes. No estoy seguro de que las ventajas de esta última posición, que son notorias y que contribuyen al desarrollo económico y de la confianza pública, no se vean sin embargo contrarrestadas por vicios distintos y a veces más dañinos que los derivados de la primera. Es un asunto muy complejo.

LGC: ¿El análisis de la mentira como pauta base de estudio del ser humano puede ofrecer, por extraño que parezca, una aproximación más eficaz a la “verdad”? Y si es así, ¿por qué?

MC: En efecto, así es. Lo usual ha sido teorizar sobre la verdad, de forma que su “negativo”, más bien anecdótico e infame, resultaba ser la mentira. Siempre fue así. Y el resultado de ello es que de la mentira apenas se hablaba excepto para denostarla, es decir, para moralizar sobre ella. Hasta los años ochenta del siglo XX (y con las excepciones clásicas de Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Kant o Montaigne), el concepto de “engaño” o “falsedad” apenas se encuentra en los índices temáticos de filosofía moral. No estaba tematizado en los ss. XIX y XX hasta los años 80. Sin embargo, cuando miramos con cierto detenimiento ese “negativo” de la verdad, resulta que se ven no sólo cosas muy interesantes sobre la propia mentira, sino también sobre la verdad. Estudiando y analizando la verdad es muy poco lo que se aprende de la mentira. En cambio, estudiando la mentira se aprende mucho sobre la verdad. Aquí procede aplicar aquella reflexión de Tolstoi de que todos los matrimonios felices se parecen, y todos los matrimonios desgraciados son distintos entre sí. La mentira es infinitamente más compleja y variada que la verdad. Es esa complejidad y densidad, esa riqueza infinita, la que explica mi larga afición.

LGC: ¿Qué conclusiones le han ofrecido sus estudios de Seudología a la hora de valorar el mundo o interpretar al ser humano en sus relaciones sociales?

MC: Con todo el material publicado son muchas, lógicamente, las conclusiones. Quizá la más general se refiere a la escasa capacidad de los seres humanos para aceptar la verdad. El inmenso poder del autoengaño, que es la forma más frecuente e indetectable de engaño,  procede de ahí. Todos presumen de la verdad, y la utilizan con suma frecuencia, pero en realidad nadie la quiere. La verdad suele ser ácida y su afecto, corrosivo. Además, impone límites, y en general preferimos la vaguedad del mito, como en aquel paisaje lírico de Juan Ramón Jiménez que decía, si mal no recuerdo, que no hay que querer llegar a los límites, porque desde los límites ya sólo se puede regresar.

LGC: ¿Qué es lo que provoca la contradicción que usted señala en “Antropología de la Mentira” de que todavía nos aferremos a la idea de que somos “hijos de Dios” y por tanto la mentira no debe tener otro destino que el ostracismo o poco menos que la vergüenza, cuando por el contrario aupamos con orgullo el darwinismo?

MC: Ese tema está ampliamente estudiado en el tomo sexto,  Ética de la verdad y de la mentira. Si muchas personas afirman que lo que más odian en este mundo es la mentira, aunque mientan tantas veces al día como el resto, no se debe a una moda insignificante, sino a una profunda impronta civilizatoria. Y es que, antes de ser un vicio, la mentira fue un pecado. Es el pecado mortal de la mentira lo que impide que la mayoría juzgue adecuadamente su conducta cotidiana. Pese a la prohibición de toda mentira, propia del rigorismo moral de corte religioso, lo cierto es que todos negociamos con nuestro tribunal interior qué mentiras podemos decir y cuáles no. En nuestra historia evolutiva primero fue el engaño, habitual en los organismos más simples del reino animal ya bajo la forma de mimetismo antes de que el hombre lo incorporara a su equipación genética, y sólo después la mentira, que es la articulación verbal de una conducta previa. Ahora bien, el culto a la verdad sólo censura la mentira, y no tanto el engaño no verbal o el silencio cómplice, porque solo la falsedad verbal fue prohibida por los códigos religiosos y jurídicos en el origen de nuestra civilización. El interdicto del octavo mandamiento es su plasmación jurídico-moral más conocida.

LGC: ¿Existe la verdad en sí? ¿Es posible la “verdad” en el estudio de las Ciencias Naturales y, a su vez, en las Ciencias Sociales? Y, ¿considera que la “posverdad”, en esta era de internet, define más al ser humano que la era tecnológica pasada donde la verdad era dada por unos medios de comunicación centralizados?

MC: ​Mi interés como investigador no se dirige a la verdad empírica o intelectiva, sino solo a la verdad moral (veracidad). Respecto a la primera, y ya digo que hablando desde fuera, desde luego que existe la verdad. Que dos más dos son cuatro no es una verdad relativa, sino absoluta. Que los círculos son redondos, también. Que Alemania perdió la última guerra mundial, también. A veces se dice que la verdad no existe o es relativa porque de esa manera uno se exonera de buscar la verdad. En el periodismo bajo presión financiera, por ejemplo. Pero es una mera coartada moral para hacer lo que uno sabe que es incorrecto sin perder la tranquilidad de conciencia. Respecto a la posverdad, creo simplemente que no hay cosa que responda a tal nombre. Esta no es la época de la posverdad porque nunca hubo una época de la verdad. El éxito de ciertos bulos, la ignorancia del pueblo buscada por el poder, la desinformación, la sobreinformación, los “hechos alternativos” y otros fenómenos que se atribuyen a la posverdad ya existieron en el pasado. Debido a la espiral acelerada de la esfera comunicativa, sí hay una diferencia de grado respecto al pasado, pero no de naturaleza. El éxito de algunos conceptos, como este de la posverdad, procede de la importancia excesiva que los humanos damos al presente, una especie de egocentrismo temporal. Es natural, cada época se ha creído la cúspide de la historia en un sentido o en otro.

La entrevista original:

 

El libro:

 

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