La grieta, una novela del periodismo cubano

Ernesto Santana Zaldívar reseña para Cubanet la novela ganadora del Premio Iberoamericano Verbum de novela 2018 de Reinaldo Escobar, “La grieta”.

La grieta

LA HABANA, Cuba.- La grieta, ópera prima de Reinaldo Escobar, premio Verbum de este año ya publicada en España, participará en la próxima Feria del Libro de Miami y dará de qué hablar de seguro, porque es una historia ejemplar: el relato de una vida como la de muchos cubanos que se entregaron con fe a la construcción de una nueva sociedad y terminaron en la desilusión.

Pero se trata también de una novela del periodismo cubano. No es decir poco. El desencanto de la revolución vivido por un periodista. Cuando Antonio Martínez, el otro yo de Escobar, comienza a estudiar periodismo, ya el castrismo, buscando el total control de la cultura —desde el béisbol hasta las editoriales—, había hecho con los medios una de sus más prontas y mayores depredaciones.

Desde la revista Bohemia hasta el último semanario de provincias, pasando por emisoras de radio y canales de televisión, el nuevo régimen se adueñó de todo medio que suministrara información o transmitiera y formara opiniones. Bajo el dominio del Partido Comunista, esa sería un arma de manipulación masiva en el estratégico frente de la propaganda y la desinformación.

La maquinaria productora de la ficción revolucionaria funcionaba desde la Facultad, creando periodistas en serie, programados para ser solo una correa de transmisión entre lo alto del partido y lo más bajo de la “masa”, esa palabra que tan obscenamente mastican los “líderes”. Pero el ser humano no es buena materia prima para producir androides u “hombres nuevos”.

Ni siquiera periodistas. Siempre alguno resulta irreductible, inconvertible y, en fin, inútil y peligroso para la maquinaria de la ilusión castrista. El periodista que debe ser extirpado de modo ejemplar será Antonio Martínez, ese que a los veinte años “subió lleno de ilusiones los noventa peldaños de la legendaria escalinata universitaria”.

La grieta de la voz propia

Así lo describe el narrador desde el principio: “Poseía la fe que se necesita para ser ingenuo, el valor requerido para comportarse irresponsablemente y la autoestima indispensable para creer que podía cambiarlo todo”. Era la época del “futuro luminoso” en el horizonte inalcanzable.

Contra los “oficialistas”, Antonio estará con los estudiantes “librepensadores”. Dos bandos serán las vertientes principales de los personajes. Doble la avenida de los acontecimientos: los provocados por el poder y los emanados de la realidad. Mientras tanto, “la tan anunciada disposición a morir por el triunfo de sus ideas no pasaba de ser una amenaza a estar dispuestos a matar para imponerlas”.

Hacia el final, un personaje habla condenatoriamente del camino del protagonista: “tu posición ante la zafra de los diez millones”, “la discusión con el Máximo Líder en la Universidad”, “tu sospechoso interés en hacer sin autorización un reportaje en una fábrica de fertilizantes”, “el incidente cuando la visita de Brezhnev” y “el lío que tuviste con la Seguridad en el Festival de Cine”.

Y, ya más grave, “tu taimada operación para proteger el número de Somos jóvenes con el caso de la prostitución” y “tus amistades de países capitalistas que ahora, para ponerle el cuño a todo esto, publican en el extranjero tus artículos”. En definitiva, desde el principio Antonio tuvo problemas y nunca debió ser periodista. Pensaba diferente. Creía que tenía el derecho de opinar.

La primera referencia a “la grieta” es cuando, tras varios años en la construcción, Antonio, ya en su apartamento, prepara un reportaje testimonial y descubre que posee suficiente material para una novela: “No se conformaría con una narración exclusivamente autobiográfica, sino que podría intentar un paralelismo entre la construcción del edificio y la tarea de erigir una nueva sociedad”.

En un juego de espejos, el protagonista se llamará Reinaldo, quien descubre una grieta en el edificio, que se hunde por un extremo. Como el “desmoronamiento del proyecto revolucionario, el desvanecimiento de la utopía”. Ah: una comisión de especialistas determinará que el edificio no se hunde, sino que “solo pasa por un natural proceso de acomodamiento estructural”.

Pero es difícil decir la verdad. Antonio se descubre mercenario. Sabe también que al perder la inocencia solo hay dos caminos: rebeldía o cinismo. Ahí ocurre la máxima aceleración en su caída irremediable, aunque el despertar no ocurre de un solo golpe, sino de varios.

En medio de este fotorreportaje sin imágenes, se infiltra el sueño recurrente donde Antonio protagoniza una discusión directa y pública con el Máximo Líder, en distintos eventos, pero siempre ante las cámaras y micrófonos de la Televisión. El Máximo Líder desorbita los ojos sin saber responder y, al final, alguien a quien nunca puede ver, le toca el hombro por la espalda, le dice: “Antonio Martínez, acompáñenos”.

Imposibilitado de volver a publicar en ningún medio del país —“a partir de ahora comenzaría a ser otra persona”—, Antonio sabe que “alrededor de su persona se abría una grieta que solo se atreverían a cruzar, entre sus amigos, los más arriesgados o quienes ya no tenían nada que perder”.

Hay un hecho risible, pese al infortunio del autor, que revela el sucio y desaliñado pavor de los censores. En 1994, en su primera salida del país, Reinaldo Escobar intentó sacar el único manuscrito de su novela, pero lo decomisó la Seguridad del Estado. En la fotocopia del documento de constancia, incluida al final del libro, se describe así lo incautado: “Hojas con escrituras mecanografiadas a máquina”.

La grieta del ciudadano con voz

En tiempos en que el periodismo se revolucionaba a sí mismo por todo el mundo, en Cuba vivíamos en la tiniebla de un estalinismo actualizado por Fidel Castro y, en medio de esa mascarada verde olivo, el protagonista de La grieta no usa antifaz: es un animal político genuino en el arca de la utopía castrista, de una distopía tropical de colores tentadores sobre una entraña falsa y brutal.

Esta es la novela de un tribuno, de un hombre que quiere que su voz valga tanto como la de la Gran Tribuna y que de niño se soñaba orador emocionando a la muchedumbre, como el Máximo Líder; la aventura del periodista que vio en los medios una tribuna para la visión propia: el ciudadano que quiere decir en voz alta su opinión para que tenga un efecto en el bien común.

O sea, la novela de un ciudadano común que quiere alzar su voz a pesar de que la condición de ciudadano ha sido extinguida, y de lo que ocurre cuando se devela una parte básica de la verdad: se pone en peligro el discurso oficial, que es la realidad absoluta.

Uno puede visualizar fácilmente a Antonio Martínez si ha visto el estridente documental de Enrique Pineda Barnet Juventud, rebeldía, revolución, donde podemos ver hablar entre otros jóvenes a un bisoño Reinaldo Escobar, todavía pleno de fe, o, como podría decir uno de los “oficialistas” de La grieta: “liberal, hipercrítico y autosuficiente”.

Viéndolo, vemos cómo empezó a abrirse la grieta.

 

La reseña original:

La grieta, una novela del periodismo cubano

 

El libro:

La Grieta. Premio Iberoamericano Verbum de Novela 2018

 

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