Desde la mirada femenina e íntima

Carlos Espinosa Domínguez escribe esta fantástica reseña de «El Martí que yo conocí» de la escritora Blanche Zacharie de Baralt en el periódico digital Cubaencuentro.com.

Con José Martí sucedió lo que suele acaecer con los grandes próceres: durante las primeras décadas que siguieron a su muerte, la devoción y el éxtasis lo elevaron hasta las nubes, “adonde apenas podía alcanzarlo nuestra humilde mirada de hombres corrientes” (la frase es de Jorge Mañach, uno de sus estudiosos más inteligentes y empeñosos). El panegírico y la sublimación oratoria crearon la imagen de un Martí demasiado sideral. Sus compatriotas sabían sobre la figura histórica, pero no acerca del ser humano que realizó todas aquellas hazañas en las cuales se fundamenta su ejemplar grandeza. Se le llamó “el santo de América” (menciono el título de uno de los tantos libros que se le han dedicado), y al pueblo —acudo nuevamente a Mañach— “no acaban de gustarle los santos… laicos”. No le cae bien la perfección trascendente, a no ser que pertenezca al reino de los cielos y no al de este mundo.

Como era de esperar, tras aquel período de santificación e idealización vino una reacción. Corresponde a la etapa biográfica. Martí empezó a dejar de ser así una estatua de palabras y se le pasó a presentar en su precisa objetividad humana. A esto probablemente se debe la popularización real que desde entonces tiene entre los cubanos. Uno de los libros que contribuyó a esa “evangelización exacta” se debe a una mujer, Blanche Zacharie de Baralt (Nueva York, 1865-Ottawa, 1947), norteamericana de nacimiento y estirpe, pero integrada a nuestra cultura por su vida y su amor. Me refiero a El Martí que yo conocí, que vio la luz en 1945, y que hace poco ha sido reeditado (Editorial Verbum, Madrid, 2017, 116 páginas).

La autora estaba casada con el cubano Luis A, Baralt, quien vivía en Nueva York cuando Martí llegó a esa ciudad en 1880. Cuenta que lo conoció en 1884 y entonces ella no hablaba una palabra de español. Las conversaciones eran por eso en inglés, “idioma que él poseía a fondo y en el cual se expresaba admirablemente con muy finos matices. Tenía un ligero acento extranjero; pero manejaba la lengua con soltura y elegancia”. Cuando ella se casó, dos años más tarde, ya no volvió a hablar en inglés con Martí. En su casa, apunta, se hablaba castellano y ella, naturalmente, también lo hacía.

Acerca de su primer encuentro con él, cuenta: “Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que vi a Martí. Era yo jovencita de dieciocho años, y le fui presentada en una reunión. No tenía ausencias de él; era para mí un señor cualquiera, un encuentro fortuito de sociedad. Mas a los pocos minutos de conversación, con habilidad que no he visto igualada, sin interrogatorios, había averiguado cuáles eran mis gustos, mis inclinaciones, mis esperanzas. Tocó la nota del arte, me habló precisamente de las obras que me apasionaban. Discutió conmigo cuadros, música y libros, de la manera más natural, con absoluta sencillez, sin hacerme sentir la diferencia que había entre una niña y un sabio”.

Comenta que su bondad se revelaba en infinitos detalles: “Al llegar a una casa, por ejemplo, hallaba una palabra amable para cada uno. Recordaba las personas que había visto una sola vez y las llamaba por su nombre; se interesaba en todos; los cautivaba con una sonrisa, con una mirada expresiva. Amaba a los niños, y los chicos tenían encanto con él (…) Sabía agradar haciendo que los demás se sintieran complacidos de sí mismos, y eso con perfecta naturalidad, sin adulación. «No hay quien no tenga algo bueno», decía, «falta saberlo descubrir»”.

Señala otro rasgo de su delicada generosidad y lo ilustra con un ejemplo. En las fiestas de las colonias de emigrados Martí solía sacar a bailar a las muchachas que, por ser poco atractivas, no tenían compañero. Una vez, María Mantilla le preguntó la razón por la cual lo hacía y le dio esta respuesta: “Sí, hijita, porque a las feas nadie les hace caso, y es deber de uno no dejarles sentir su infelicidad”.

Comer solo, un placer robado al amigo ausente

Blanche Zacharie de Baralt define a Martí como un gourmet, que “sabía combinar el menú de una comida que haría honor a la pericia de un embajador”. A fuerza de buscarlos, conocía “los lugares de la Metrópoli donde un especialista, ignorado del gran público, confeccionaba un plato suculento (…) Federico Edelmann, que tanto lo acompañó en sus excursiones, me contaba que Martí lo inició en el restaurante de un marsellés, de Hanover Square, en los misterios de una bouillabaise que resucitaba muertos. Por él conoció los platos calabreses sazonados con caccio cavallo y regados con vino de Chianti. Decía Martí que «comer solo era un robo», y explicaba, «un placer robado al amigo ausente»”. Y agrega: “Obsequiaba mucho; invitaba, con tanto cariño como sencillez, a que tomásemos en su casa unas ayacas que una venezolana, descubierta por él, preparaba a la perfección”.

Según la autora del libro, hablaba sin afectación, pero con un vocabulario escogido. A veces empleaba “términos superiores a la comprensión de gente sencilla; pero su tono era tan sincero, tan convincente, que las palabras iban derecho al corazón de sus oyentes (…) Sus vívidas imágenes, sus exhortaciones fervientes, hacían el resto”. Poseía una voz bien timbrada y con muchas inflexiones. En sus discursos, “empezaba con tono suave y medido. Hablaba despacio, convencía. Articulaba con cuidado dibujando los contornos de sus vocablos, pronunciando un poco las eses finales, al estilo mexicano. No pronunciaba la C y la Z a la española, sino, como buen americanista que era, suave como se hace en América”.

El hecho de que habla acerca de Martí desde el punto de vista femenino, casi íntimo, lleva a Blanche Zacharie de Baralt a detenerse en detalles que a un hombre no llamarían la atención. Advierte que “tenía el pie tan fino y los dedos eran tan delgados, que daba la impresión de que el zapato estaba casi vacío. El empeine sí era alto y arqueado”. Asimismo, anota que “no fumaba, bebía poquísimo, y casi nunca alcohol, y me aseguró Luis que ni siquiera cuando estaba entre hombres solos empleó una palabra vulgar o impura”.

Hace notar que, durante mucho tiempo, Martí ocupó un cuarto en la casa de María Mantilla. Pero la acumulación de libros y papeles lo obligó a buscar un sitio más amplio. Encontró una oficina en el número 120 de Front Street, en un edificio de ladrillos cerca de los muelles donde estaba el consulado del Uruguay. Allí, de acuerdo a Blanche Zacharie de Baralt, escribió todo lo que salió de su pluma en los últimos cinco años que vivió. Cuenta que “para llegar a ese palomar, había que subir cuatro pisos por una estrecha escalera de hierro. Los pasillos eran oscuros, pero arriba la estancia era clara y en días de sol inundada de luz. Dos ventanas daban a la calle, aunque bastante lejos de ella para amortiguar el bullicio urbano”. En cuanto a los objetos y el mobiliario, señala que las paredes estaban cubiertas por unas estanterías sencillas, repleta de libros. Había “una mesa, algunas sillas, el retrato que hizo a Martí el pintor Norman, colgado sobre el escritorio, apuntes de Estrázulas y de Edelmann, y unas palmas de Héctor de Saavedra. Sobre uno de los estantes, su grillete del presidio”.

No faltan en el libro algunas anécdotas, de las cuales escojo una. Narra su autora que Martí fue contratado como traductor al español del inglés y el francés por la firma Appleton y Cía. A cargo del departamento de ediciones en español estaba el señor Purón, un asturiano “autoritario, muy imbuido de su propia importancia y, según parece, convencido de su gran saber, aunque no todos compartían esa opinión”. Era él quien revisaba el trabajo de Martí antes de enviarlo a la imprenta, y no dejaba de hacer cambios a los manuscritos con correcciones que solían desfigurarlos. Eso mortificaba al prócer cubano, pero necesitaba el dinero que le pagaban y sabía que la menor protesta le costaría el puesto. Como lo que el pretencioso señor deseaba era “corregir”, decidió darle algo cuya corrección dejaría intacto el texto: “puso en cada página alguna falta garrafal de ortografía o de puntuación. Al momento, el supervisor, viendo la falta, le ponía remedio, sin tocar el estilo, que era lo que quería su autor”.

Cuando Blanche Zacharie de Baralt dio a conocer su libro, unos cuantos de los hechos que allí cuenta eran ya conocidos. Otros, en cambio, no lo eran, pues provenían de la condición privilegiada que le daba el haber tratado a Martí durante diez años. En ese tiempo, como ella precisa, pudo conocerlo de cerca, estudiar su personalidad, sus gestos, su carácter, y moverse en el medio en el cual él se desenvolvía. Eso le da a su testimonio la autenticidad y el acento de lo vivido. Está escrito además con prosa natural, pero no privada de encanto.

El mejor elogio que se puede decir de El Martí que yo conocí lo escribió Mañach, cuyas palabras cito una vez más. Se trata de un “libro sencillo y amable, recuerdo de un hombre amable y sencillo”. De sus páginas sale “un Martí maravillosamente dotado para querer y ser querido; un alma en fuga que sabía, sin embargo, moverse entre cosas y apreciarlas; un hacedor de patria que llevó, efectivamente, «la estrella y la paloma» en su corazón”.

 

La reseña original:

https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/desde-la-mirada-femenina-e-intima-331219

 

El Libro:

El Martí que yo conocí

 

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