Texto de la presentación de Retórica, de Rafael del Moral

La presentación de un libro se parece a la de un hijo. A la modalidad que pasa por la iglesia se añaden ahora presentaciones paganas, fiestas sin ritual, encuentros resbaladizos entre gentes unidas por la amistad de los padres a la espera de encontrar el ceremonial ajeno a los principios religiosos. Pero este libro, Retórica, va a ser, ha sido, por decisión de la editorial Verbum, bautizado o presentado de manera protocolaria.

Ninguno de mis libros anteriores fue bautizado. Todos son ateos o asociales. He tenido que llegar a mi vigésimo noveno hijo, y si añado a los bastardos el trigésimo sexto, para organizar una ceremonia.

Añadiré que en la aparición de mi Enciclopedia de la novela Española, en el año en que el siglo pasado se despedía, organicé una fiesta con el mundo de la investigación y la edición. Coloqué en lugar visible  un ejemplar, y fui comentando en los corrillos que organizaba que aquel encuentro en honor de mi libro. Pues bien, apenas se habló de mi libro. Lo que yo sentía era un inmenso placer no tanto porque hubiera aparecido como porque ya dejaba de corregir y revisar. La gran ventaja de un libro publicado es que ya no se puede añadir, y tampoco quitar, que es también el gran inconveniente. Aquel libro, al igual que este que presentamos hoy, bien podría ser páginas permanentemente abiertas a supresiones y añadiduras, algo así como Wikipedía, que ha acabado con las enciclopedias en papel. No me gustaría despedirme del profundo placer de acariciar un libro, del apacible paso de las hojas, del perfume de lo impreso, de estanterías, de mitos, de ritos, de armonía… Algo impensable hace solo veinte años, y muy probable en los próximos veinte.

Desde entonces la edición no es la misma. La aparición del un nuevo soporte ha cerrado centenares las librerías y ha abierto otras tantas tiendas virtuales de libros que se ahorran un local en el centro de las ciudades. Si el papiro ya limitaba el espacio que ocupaba un libro en arcilla, el soporte electrónico eclipsa al papel y permite llevar en la mochila la biblioteca de Alejandría, y en unos años, si esto no cambia, tendremos acceso a cualquier libro de la Biblioteca Nacional mientras tomamos café en cualquier bar de cualquier pueblo olvidado. El concepto de libro y de lectura es otro, y nuestra generación ha vivido el cambio.

Parece que cada vez se leen menos libros, pero yo diría que no se lee de la misma manera. Antes leíamos en atracones, ahora se picotea en el soporte electrónico. Por eso sacar un libro en papel es una audacia, a la que se añade el arrojo, la intrepidez y el valor del escritor y editor Luis Rafael Hernández, jefe de este proyecto en el que yo solo he sido el escritor. Nada nuevo. Redacté todos mis libros por encargo, al servicio de mis editores. Excepto una vez. Una sola vez me expuse al azar de los mercados en busca de la obra de mi vida. Y compuse el libro que más desvelos, reflexiones, consultas, rectificaciones y concentración exigía. Lo coloqué en la editorial Herder después de un peregrinar de conversaciones con unos editores y otros en busca de aprobación, y un montón de frustraciones. Y de no haberlos encontrado habría tenido que someter a este hijo tan engorroso a una interrupción voluntaria del embarazo, por no llamarlo aborto, que suena mal. Ahora que han pasado cuatro años ya sé por qué no lo quería ningún editor. No lo conoce ni el Tato. Aprovecharé para nombrarlo aquí con el cariño de un padre. Se llama Diccionario ideológicoAtlas léxico de la lengua española, y es el más torpe de mis hijos. Le falta un hervor. El muy lelo apenas se ha abierto un modesto lugar en ese mundo editorial donde los diccionarios han pasado a ser privilegio exclusivo de Internet. A ver quién se atreve a pasar las hojas de un repertorio en papel.

Así que un día me invitó a desayunar el editor Luis Rafael Hernández,  y me pidió que le preparara un libro sobre Retórica para Verbum, ya que no podía pedírselo ni a Aristóteles ni a quince ilustrados más a los que no les llego ni a la suela del zapato. Y me animó ponderando mis virtudes sin ni siquiera mencionar las del sabio griego.

¿Y qué podía decir yo de nuevo? Pues nada, lo de siempre… Si no se ha inventado aún la energía de fisión ni el elixir de la paz, no me iba yo a imaginar, con tan ligero bagaje, la retórica del siglo XXI. Pero había que hacer algo que agradara a Luis Rafael, a Pío Serrano y a algún que otro lector despistado. Y como ya había dicho que sí, se me ocurrió pensar en una de las actividades más de moda en el extraño mundo cultural de nuestra ciudad, los Talleres de escritura, de escritura creativa, quiero decir.

Un Taller de escritura creativa es algo así como una tertulia de desocupados que siguen a un preceptor, o institutor, o tutor que dice saber escribir. Los asistentes oyen sus consejos, y los llevan a un texto. A veces poesía, a veces relato breve, a veces cuento, a veces novela… Y se recrean en la pasión estética de la literatura. También hay talleres de pintura, y de música… Es, al fin y al cabo, deleitarse con la materia artística. El arte produce placer. El artista se siente feliz en su mundo estético. Escribir y leer es el mismo placer. Son los dos polos del mismo acto. El escritor se recrea en lo que dice, el lector en lo que oye.

Así que cuando me puse a diseñar el libro, pensé desde la primera línea en una persona de mi ciudad que desea escribir con  intención literaria, que es algo que sucede casi siempre. Pensé en ese joven que espontáneamente redacta poesías, o en el adulto que desea escribir sus memorias y que sabe qué decir, pero no tienen claro ni cómo empezar, ni a qué atenerse.

¿Y quién soy yo para darle consejos a nadie? Ni siquiera el propio Cervantes se habría atrevido, precisamente por ser quién es, a dar consejos. A estas alturas del carnaval más vale quitarse la máscara. Por eso me nombré, para escribir mi Retórica, seleccionador de ejemplos, e intérprete de procedimientos que ya nuestros escritores clásicos llevaron a cimas que es difícil superar. Por eso en mi Introducción a las artes literarias no existen normas ni consejos estrictos. He recogido lo que han hecho los autores clásicos y los modernos que admiro. He silenciado a otros muchos, porque uno tiene sus fobias, y he citado a otros para criticar su inmerecida fama, su ingenuidad, su talento pasajero. No pretendo estar de acuerdo con el lector porque el arte es una interpretación personal del mundo y las cosas.

Tal vez muchos de los que me están oyendo se estarán haciendo la pregunta clave. ¿Y qué le interesa saber a una persona que quiere escribir? En realidad nada, en teoría mucho. Lo fundamental es lo que ya hicieron bien otros. Y eso es lo que he querido hacer, recoger lo que otros escritores hicieron para elegir un género literario, un título, una estructura, un argumento, un sistema para colocar las palabras, un método para dar una dimensión a distinta al sentido habitual de las expresiones de nuestra lengua, una técnica para hacer versos, un medio para colocar una historia en el tiempo, o en el espacio… De manera que este libro se dedica a explicar lo que hicieron los grandes para superar las dificultades con las que un escritor que se inicia puede toparse. También lo podría haber llamado, que era otra de mis sugerencias, Manual práctico del escritor, que es una espantosa cursilada, o Clasificación de los grandes aciertos de los escritores clásicos, que es de un retórico que espanta.

Lo he organizado en veinte capítulos. Sin grabados, sin cuadros, sin dibujos… Se me podría haber ocurrido poner un sudoku para aligerar las páginas, pero no lo hice. Los veinte capítulos son como veinte lecciones, no todas ellas obligatorias. En realidad ninguna es imprescindible. Imaginemos que alguien no quiere escribir poesía, solo prosa, pues perfecto, ya puede saltarse del capítulo once al quince. Imaginemos que solo quiere escribir poesía, pues que prescinda del dieciséis al veinte.

La primera parte, los diez primeros capítulos, son comunes a todos los géneros. Imaginemos que alguien sabe crear metáforas, sí, pero quiere saber cómo crearon metáforas los escritores clásicos, antiguos y modernos, pues que se lea el capítulo siete. Imaginemos que alguien odia tener que estar pendiente de la ortografía y las normas académicas, pues que se lea el tres para saber lo que pensaban de eso algunos escritores y cómo resolvieron sus discrepancias. Imaginemos que uno no se muestra muy diestro para dar título a sus obras, pues puede leer lo que otros escritores hicieron para elegirlo en el capítulo primero.

Pues bien. Si alguien quiere llamarle un rollo a este libro, está autorizado a hacerlo incluso en mi presencia. No me voy a ofender porque lo entiendo. Lo que sí digo es que todo lector puede añadir o quitar cuanto quisiere, que nada de lo que aquí se expresa es una norma absoluta, que el arte no tiene normas, que la literatura es un acto personal, individual, intransferible y que todo lector, no faltaría más, está autorizado a gozar artísticamente con lo que le atrae y despreciar lo que le aterroriza.

Deseo que quienes lo lean se apasionen con las ideas sugeridas, y que quienes no lo hagan se sientan también felices por lo que se quitan de encima.

Muchas gracias por su atención.

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