Reseña de El triángulo de cuatro lados, de Rosario Martínez

Desde la perspectiva del fondo de esta obra, la mejor reseña que se pueda hacer de la misma la ha escrito la autora en su Epílogo, que cierra la novela como si de una narración didáctica se tratara. Aunque escrita hoy, esta novela tiene los ingredientes de una obra clásica. No sólo por recrear un mito clásico, que también, sino por su técnica narrativa, ya que está contada por los protagonistas a la manera en que los actores contaban sus cuitas al público del anfiteatro. La difícil narración en primera persona, que Rosario Martínez domina con naturalidad, no esconde, ni lo pretende, los mimbres con los que ha armado la antigua, pero no menos vigente, tragedia de Fedra. La novela sorprende al lector a la vuelta de las primeras páginas con un drama moral actual y creíble.

La norma de las tres fases del drama clásico, exposición, nudo y desenlace, está presente en la novela, aunque habilidosamente entreverados de forma que surge el suspense. La intensa emoción por descubrir lo inesperado. Más de un clásico dejó escrito, que “el tiempo tiene dos dimensiones: la longitud o extensión lineal marcada por el movimiento del sol y la anchura que da la profundidad de la pasión humana”. Pues bien, en este su magnífico epílogo- que bien valdría de prólogo- la autora nos dice. Cito textualmente:

“¡Pobre de aquél que no haya sentido su arrebato (el de la pasión) al menos una vez en su existencia, porque eso querrá decir que está muerto para la vida!”

Califica de tiempo muerto al unidimensional contrapuesto al tiempo vivo de la pasión. Sin embargo, no espere el lector encontrar una versión actual de la Fedra de Eurípides. Sólo son dos los puntos coincidentes con la obra clásica: sus ingredientes fundamentales, la pasión amorosa y el destino, aquí nuevamente inexorable y representado por la muerte, al que la autora da vida corpórea para conformar el cuarto lado de este triángulo dramático.

José María Noval

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